En un mundo en que las palabras como “paz” o “democracia” están cada vez más vacías contenido, los “enemigos” son tantos y tan dispares como quieran los que los fabrican, y, al final, ¿quién nos defenderá de los que nos protegen?

A menos que tomemos como herramienta retórica el newspeak de George Orwell, para el que el término “paz” significa “guerra” y “democracia” es igual a “totalitarismo”, nos resultará difícil calificar el sistema de relaciones internacionales que rige hoy el mundo de democrático. No lo es, ni está entre sus objetivos serlo. ¿Cómo puede legitimarse la OTAN?, ¿y el G-20? No en términos de representatividad, desde luego. Lo mismo podríamos decir del desproporcionado poder, a la hora de diseñar las reglas del juego internacionales, de un puñado de empresas transnacionales.

Por otro lado, es recurrente la versión de que el estado-nación está perdiendo poder, que se ha roto el monopolio de la violencia y que se ha democratizado el uso de la misma. Sin descartar esa versión, ni menospreciar la capacidad de destrucción de grupos terroristas con ramificaciones internacionales, a día de hoy siguen siendo estados, en buena medida, quienes representan la mayor amenaza para la seguridad de sus ciudadanos. La retórica política, claro está, va por otros derroteros y sigue viendo en el “otro”, en el “diferente”, al enemigo: “el miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros”, dice, y dice bien, Tzvezan Todorov.

Mientras tanto, a día de hoy, para los habitantes de Grozny, el peligro no está precisamente en las montañas de Afganistán. Y tampoco es el terrorismo internacional la primera amenaza que ve Rusia en su nueva doctrina militar, sino la OTAN. Y para la OTAN, ¿quién es el enemigo? Si nos remitimos a sus actos, en su cuartel general no están sólo pensando en Al Qaeda.

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