Francesc Serra, Lliga dels Drets dels Pobles ::: La elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos ha modificado las relaciones de este país con el Cáucaso, pero sin molestar a Rusia.

Hay dos acontecimientos primordiales y de alcance global durante el año 2008 que han condicionado la política de Estados Unidos en el Cáucaso Sur: el conflicto de Georgia de agosto de ese año, y la elección en noviembre de Barack Obama como 44 presidente de Estados Unidos. Si nos tenemos que situar en el escenario anterior al conflicto georgiano, encontramos en la región, en primer lugar, un Azerbaiyán que se define como buen aliado de Occidente, proveedor de hidrocarburos a los países occidentales por medio del oleoducto BTC y del gasoducto Nabucco, en construcción. La estrategia occidental energética en el Cáucaso tiene como objetivo evitar la excesiva dependencia de Rusia en el suministro europeo; Washington se ha implicado políticamente y ha facilitado que el Banco Mundial y otras instituciones financieras internacionales costearan el BTC. Además, la empresa petrolera Chevron forma parte del consorcio propietario de este oleoducto con un 8,9%. Azerbaiyán, además, tiene un agravio pendiente con Rusia por la actitud del Kremlin en el conflicto de Nagorno-Karabaj, en el que las fuerzas rusas de interposición favorecen, de hecho, la ocupación armenia de una buena parte del territorio azerí.

Si Azerbaiyán era (y sigue siendo) un aliado estratégico de Occidente, Georgia era un país claramente atlantista y pronorteamericano. La elección del presidente Saakashvili el año 2003, a raíz de la “Revolución de las Rosas”, supuso un compromiso de la nueva clase política con la integración de Georgia en la OTAN y en la Unión Europea. El propio presidente, formado en Estados Unidos, presumía de sus contactos en la Administración Bush, y no dudó en enviar tropas a Irak en apoyo de Washington; al mismo tiempo, la Administración Bush ofreció abiertamente su apoyo a la candidatura georgiana al ingreso a la OTAN, junto con la ucraniana, en la cumbre del Consejo Atlántico de Bucarest (2008). Respecto a Armenia, su posición era más delicada. La alianza de facto con Rusia le permitía mantener una posición dominante en el conflicto de Nagorno-Karabaj, pero eso no era suficiente para disimular una tradicional vocación occidental del país. Además, la grave situación económica del país hacía aumentar la inestabilidad social y auguraba cambios estratégicos. El conflicto de Georgia, sin embargo, ha cambiado a grandes rasgos la orientación internacional del área. Por una parte, Saakashvili esperaba una ayuda occidental, y especialmente de Estados Unidos, que fuera más allá del apoyo diplomático. En Tbilisi no sorprendió tanto la posición mediadora de la Unión Europa como el escaso rigor y la débil contundencia de las protestas de Washington. De hecho, después del conflicto de agosto, tanto la Unión Europea como Estados Unidos se han distanciado de Tbilisi y de Kíev, como demostraría la connivencia ruso-occidental en la siguiente crisis energética, en enero de 2009. Georgia se ha convertido en una especie de admirador radical de Occidente sin el apoyo de Occidente, en una situación curiosamente simétrica en la que hace años manifiesta Belarús en relación con Rusia. La Administración Bush no estaba demasiado interesada en mantener promesas y expectativas, dado que era consciente del próximo relevo en la Casa Blanca, que no permitía reanudar una política aventurista ante Rusia en las postrimerías de una presidencia que se había caracterizado, precisamente, por sus excesos militares.

Obama ha heredado, pues, una política de Washington en el Cáucaso y en la antigua URSS ya preparada para una nueva estrategia. Así, no sorprendió a nadie la renuncia de Obama al escudo antimisiles de la OTAN en Polonia y la República Checa. Este hecho se consideró, en términos estratégicos, una mano tendida a Moscú y una renuncia a la política de resecuritisation de la Administración anterior. En Rusia fue visto como una victoria diplomática, y en Europa central y el Cáucaso, como una derrota innecesaria e incluso humillante. El acercamiento de la nueva Presidencia al Kremlin quedó remarcado por la visita de la secretaria de Estado Clinton a Moscú, en octubre de 2009, que supuso críticas desde Tbilisi y Kíev. Georgia se ha visto abandonada por Estados Unidos: los “contactos” de Saakashvili desaparecieron con el relevo presidencial, y desde Washington no se han ahorrado críticas a la iniciativa belicista de agosto de 2008. Incluso Ucrania, después de las elecciones presidenciales de febrero de 2010, parece haber aparcado sus aspiraciones occidentales y, por lo tanto, su alianza estratégica con Tbilisi.

En cambio, Armenia parece más cerca que nunca de Occidente; a nadie le ha pasado por alto que el inicio de contactos y la apertura de fronteras con Turquía, en el 2009, se deben a la discreta mediación de Washington. Azerbaiyán, claro está, ha protestado por este acercamiento entre Occidente y Armenia y ha amenazado veladamente con cambiar sus alianzas hacia Moscú, pero nadie se lo toma muy en serio: los intereses que tiene el país en el suministro de hidrocarburos a Europa son demasiados fuertes, y nadie garantiza en Bakú que una nueva alianza con Moscú le permita recuperar Nagorno-Karabaj, si no lo ha hecho anteriormente. En resumidas cuentas, podríamos decir que Estados Unidos mantiene o refuerza su presencia en el Cáucaso Sur en un nuevo clima político en que eso no es visto como una actitud agresiva hacia Rusia, que mantendrá su influencia en la región. En cambio, podemos detectar en esta actitud “afable” hacia el Kremlin una disminución de la presión de Washington en materia de Derechos Humanos, cosa que deja de alguna manera las manos libres a Moscú para mantener una política de presión militar y policial en Chechenia y otras regiones del Cáucaso Norte, o a dar apoyo a regímenes locales autoritarios, como el de Kadírov en Grozni.

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