Nicolás de Pedro, Observatorio Eurasia ::: El ascenso de China a la condición de gran potencia se proyecta también hacia sus vecinos del Oeste. Pekín ejerce una influencia creciente en Asia central y, en menor medida, en el Cáucaso.

El auge de China es una de las grandes transformaciones de la geopolítica centroasiática desde la caída de la Unión Soviética en 1991. En estas dos décadas, Pekín ha puesto las bases para una relación estrecha y de largo alcance con una región de interés prioritario, tanto por su estrecha vinculación con la estabilidad en Xinjiang como por sus recursos energéticos. No obstante, Asia central no es el principal escenario estratégico para China, para quien el Pacífico e incluso el Índico resultan de mayor relevancia.

En su acercamiento a Asia central, los intereses chinos han ido evolucionado y creciendo progresivamente. De un primer impulso marcado por la superación de los litigios fronterizos heredados con los nuevos Estados independientes y el virtual desmantelamiento del dispositivo uigur centroasiático, se ha pasado a una etapa en la que las cuestiones energéticas y comerciales ocupan un lugar cada vez más destacado de la agenda bilateral y multilateral. Precisamente, la creciente multilateralización de esta relación a través de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) es uno de los aspectos más novedosos y, aparentemente, con mayores perspectivas de desarrollo; si bien, la OCS que, además de China, incluye a Rusia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán como miembros, aún está en fase de consolidación y todavía son muchos los retos que debe afrontar una organización que, quizás demasiado apresuradamente, ha sido calificada por algunos como la “OTAN de Oriente”. El entendimiento de Moscú y Pekín descansa fundamentalmente en el rechazo de ambos al unilateralismo estadounidense a escala global y la posibilidad de que Washington, utilizando su despliegue en Afganistán, consolide una presencia fuerte en Asia central. No obstante, los intereses rusos y chinos en la región centroasiática parecen crecientemente divergentes, especialmente en lo referido a cuestiones energéticas. A pesar del actual clima de confrontación con la UE y EEUU, es China el actor que realmente está poniendo en cuestión la posición dominante de Rusia en el sector hidrocarburífero de la cuenca del mar Caspio. Para Moscú, mantener el acceso privilegiado a estos recursos, como resultado de la interdependencia heredada de los tiempos soviéticos, es crucial en su proyecto de alcanzar una posición dominante en el mercado energético internacional.

La inauguración, en julio de 2006, del oleoducto BTC, que une Bakú (Azerbaiyán) con Ceyhan (un puerto turco en el Mediterráneo) a través de Tbilisi (Georgia) y el deseo de la UE, o más bien de alguno de sus miembros, de creación de un robusto corredor energético a través del Cáucaso sur, ha sido un elemento determinante en el enrarecimiento de las relaciones de Moscú con Bruselas. No obstante, el impacto de estos proyectos en el panorama energético centroasiático ha sido escaso, dada la imposibilidad de construir tuberías submarinas a través del Caspio que permitan exportar petróleo kazajo y gas natural turkmeno por esta ruta en cantidades significativas. Por el contrario, la reciente finalización de la tercera fase del oleoducto que une Kazajstán con China (inaugurado en diciembre de 2005), permite el bombeo directo de petróleo desde el mar Caspio hasta Xinjiang. De igual forma, la inauguración el pasado mes de diciembre del gasoducto de casi dos mil kilómetros que conecta Turkmenistán con el territorio chino y la prevista ampliación en 2011 de una segunda fase que permita también bombear gas natural kazajo y uzbeko suponen un verdadero revés para la posición rusa.

En materia de seguridad y defensa es más difícil que la creciente presencia china altere sustancialmente la situación a corto plazo. La Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) liderada por Moscú y de la que forman parte también Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, aunque éste último con serias reticencias, sigue siendo el principal foro regional sobre estas cuestiones y el vehículo que utiliza Rusia para proyectarse militarmente en Asia central. No obstante, el temor entre los dirigentes rusos a que los solapamientos con la OCS, que no tiene una dimensión propiamente militar, pero organiza unas maniobras anuales de carácter supuestamente antiterrorista, terminen por debilitar o desplazar a la OTSC, permiten comprender las suspicacias del Kremlin con respecto a los avances chinos. No hay que perder de vista que, si bien Moscú dispone aún de suficientes elementos con los que mantener su posición dominante, lo cierto es que en el conjunto del Turkestán se vive un cambio de tendencia histórica, ya que si hace algo más de un siglo era Rusia la que abría consulados en el Turkestán oriental (Xinjiang) y amenazaba el dominio chino sobre aquella región, es ahora China la que penetra con fuerza en el Asia central postsoviética desplazando progresivamente a Rusia.

Por otro lado, la acción de Pekín en Asia central se ve condicionada por los recelos que despierta su enorme potencial económico, demográfico y militar, especialmente en Kazajstán y Kirguistán. Las relaciones comerciales han crecido espectacularmente en los últimos años y China ha propuesto ya la creación de zonas económicas especiales en las áreas fronterizas, donde se han establecido alrededor de veinte puertos terrestres, con vistas a la hipotética creación de una zona de libre comercio dentro del marco de la OCS. La propuesta ha sido rechazada tanto por Moscú como por Astaná. El comercio con China permite acceder a bienes de consumo a las emergentes clases medias locales, pero representa un desafío para los débiles tejidos productivos centroasiáticos, ya que la competitividad de los productos chinos desincentiva la industrialización local. Progresivamente se consolida la tendencia según la cual China importa materias primas (crudo y derivados, metales, uranio) y exporta productos acabados (ropa, calzado, alimentos, aparatos electrónicos). En cualquier caso, los mayores recelos están relacionados con cuestiones demográficas. La sistemática afluencia de inmigrantes chinos han en los últimos años a la región de Xinjiang, atraídos por los grandes proyectos de desarrollo, alimentan los temores sobre la denominada “invasión silenciosa” o el “peligro amarillo” en Asia central. La situación, simplificada, supone que por un lado está China con su incontenible crecimiento demográfico y, por otro, unos vecinos caracterizados por las riquezas naturales y los enormes espacios vacíos. La simple consideración de que sólo en la ciudad de Pekín hay más habitantes que en Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán juntos o que la población china crece al año en unos quinces millones, una cifra equivalente al total de la población de Kazajstán, contribuyen a fijar esta impresión popular, generosamente alimentada además por la prensa local. No obstante, esta percepción, al menos por el momento no se corresponde en absoluto con la realidad que indican las cifras oficiales. Es decir, algo parecido a lo que sucede en Siberia oriental.

El Cáucaso no ocupa, de momento, un lugar destacado en la agenda de China y su influencia y presencia son menores que en otras áreas del espacio euroasiático. Si bien tiene cierto impacto de forma indirecta, ya que la negativa de Pekín, junto con la del resto de miembros de la OCS a reconocer las independencias de Abjazia y Osetia del Sur ha debilitado la posición rusa en la escena internacional. En la reunión de la OCS celebrada en Dushanbe, apenas un mes después de la guerra, Moscú fracasó en recabar un apoyo sólido por parte de sus socios, lo que pone de manifiesto que la desconfianza y la rivalidad siguen muy presentes en las relaciones interestatales en el espacio euroasiático.

Por su papel en las cuestiones energéticas, comerciales y de seguridad, China se ha convertido en un actor clave en la dinámica regional y, de mantenerse la tendencia actual, podría desafiar la tradicional posición dominante de Rusia; lo cual, a pesar del deseo de Pekín por mantener un perfil relativamente bajo y evitar a toda costa confrontaciones con Moscú, podría complicar su proyección hacia la región. Lo que es seguro es que China será un actor clave en el proceso de conformación de un nuevo orden geopolítico en el espacio euroasiático.

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