Marta Ter, Lliga dels Drets dels Pobles ::: Las deportaciones que en 1944 ordenó Stalin, llevaron a miles de chechenos a Kajazstán. Varios libros recogen los testimonios de los supervivientes.

El 23 de febrero de 1944 miles de chechenos fueron deportados a Kazajstán. Las estremecedoras historias contadas en primera persona y recogidas en este artículo, proceden de dos libros publicados en España acerca del conflicto checheno: El ángel de Grozni de Asne Seierstad y El juramento de Khassan Baiev.

Abdullah, residente de Belgotoi (Chechenia)

El frágil hombre rememora ese invierno, cuando tenía siete años y medio:

“Los soldados rusos habían llegado a nuestro pueblo a principios del invierno. Pero no podíamos hablar con ellos, casi nadie hablaba ruso en esa época. Los soldados cavaban trincheras y nos explicaron que iban a defendernos de los alemanes. Toda la calle estaba llena de trincheras.

Una noche oímos un disparo. Los soldados entraron intempestivamente dentro de la casa y nos apuntaron con los fusiles. Eran los mismos que habían vivido junto a nosotros varios meses. “Davaj, davaj!” gritaban, “En marcha! En marcha!”. Nos dieron unos minutos para vestirnos y empaquetar nuestras cosas. Había soldados por todos los patios, era imposible huir. A los que lo intentaron, les dispararon.”

La voz de Abdullah tiembla.

“Llegaron mientras todavía era de noche, sobre las cuatro o las cinco de la madrugada. Había hecho un tiempo seco y suave durante un largo período de febrero, pero esa noche habían caído veinticinco centímetros de nieve. Un soldado pidió a mamá que empaquetara un poco de comida. Ella recogió cinco gallinas y un poco de harina de maíz. Después la mandó ir a buscar las cosas de valor y, cuando vino con las joyas y algún dinero que teníamos escondido, se lo quitó todo. Los vecinos no se pudieron llevar nada. Llegaron en zapatillas caminado por la nieve. Los soldados no les habían dado ni siquiera tiempo de vestirse adecuadamente. No entendíamos nada de lo que estaba pasando. No nos leyeron la orden de las autoridades soviéticas hasta llegar al pueblo más cercano: deportación. Nos contaron, nos abarrotaron en remolques y nos llevaron hacia Grozni. Recuerdo esos enormes camiones; por lo visto habían sido prestados por el gobierno americano, entregados a Stalin vía Irán, para ser usados en la guerra contra los alemanes. (…)

Nos metieron en vagones de carga destinados a carbón hasta que estuvieron abarrotados. Hacía frío. No teníamos ni idea de dónde nos llevaban. Alguien dijo que directamente al mar, que nos ahogarían. Otros decían que a trabajos forzados. Allí sentados a oscuras, percibimos que el tren se ponía en marcha. Papá había escondido un cuchillo y con él hizo un pequeño agujero en la pared. Fuera todo estaba en blanco. Era un invierno crudo en todas partes. De vez en cuando se veían casas pequeñas, pero, a medida que nos adentrábamos más y más en las estepas, en dirección este, iban disminuyendo. Nuestra familia se hizo un hueco en una esquina. En el vagón había una estufa donde las mujeres cocinaban tortas de maíz que freían con grasa de cordero. Pero, como nos faltaba agua, a menudo comíamos sólo harina seca. La ensalivábamos y la tragábamos. Desde del primer día empezó a morir gente. Y los soldados los tiraban por el camino. Directamente a la nieve. La gente intentaba esconder los cuerpos de los fallecidos para poder enterrarlos cuando parara el tren. Entonces, los hombres se apresuraban, salían y tenían que escarbar en la nieve y el hielo con las manos; si les daba tiempo, rezaban una oración corta. Cuando el tren paraba, la gente se buscaba mutuamente, muchos habían quedado separados por el camino. A medida que avanzaba el viaje, iban recibiendo aviso de que esta u otra persona había muerto” dice Abdullah sereno.

“Recuerdo a dos niños que habían quedado un poco rezagados de los demás. Las puertas se cerraron cuando sólo estaban a pocos pasos y el tren se puso en marcha. Corrían al lado de los vagones. La gente gritaba, pero el tren no paró. Los niños eran más pequeños que yo, quizá de unos cinco años. En mitad del desierto de nieve, a millas de distancia de población alguna. Allí sólo había estepas azotada por la nieve en todo lo que la vista dominaba. Pienso en cuánto tiempo sobrevivirían, si murieron congelados o fueron devorados por los lobos. Imagínate a sus madres y sus padres, que permanecían en el vagón mientras los niños se quedaban solos en la desnuda taiga. Sus caras, sus caras mientras corrían, quedaron grabadas aquí para siempre.” Abdullah se señala la frente.

“Se acercaba abril. Un mes de viaje y el tren todavía estaba en marcha. Constantemente moría gente- de hambre, de frío, de enfermedades que se propagaban por los atestados vagones. Los comandantes de la NKVD habían notificado con orgullo a Moscú a la salida que se habían necesitado menos vagones de los previstos porque había muchos niños.

Después de mucho tiempo, empezamos a ver caminos. Más tarde, casas. Entonces el tren paró. Hacía bastante calor. No nos habían mandado al mar. Estábamos en Kazajstán.

Durante la primavera murieron todos mis hermanos: Mizan, Maruz y Belkiz. Uno tras otro. Tifus.”


Fragmento del diario personal de Bashlam, residente de un pueblo de alta montaña checheno, que tenía 9 años cuando fue deportado:

“En Shatoi nos acogió un terrible tumulto, unos extraños carruajes se aproximaban, eran un prodigio de Dios. ¡Se movían sin caballos! Se movían por sí mismos. Me quedé prendado de esos carruajes para el resto de mis días. Los soldados abrieron la puerta trasera y nos ordenaron entrar en ellos. Lo que llevaba la gente en las manos se lo arrebataron y lo tiraron. Nos sentamos en los laterales y dos soldados con carabina se sentaron en medio. Los coches corrían muy aprisa. Descendimos hacia el desfiladero de Argún.” (…)

Al ser apretujados en los trenes, Bashlam y su madre perdieron el contacto con el padre, los hermanos pequeños y el hijo mayor.

“En las paradas la gente iba a preguntar a los otros vagones. ¿Está esta persona o esta otra? La gente se buscaba, se reunía o lloraba por un niño que había desparecido. Algunos iban sentados, otros tumbados, había enfermos, pero no debíamos dejar ver que lo estaban porque los habrían arrojado del tren. La vida en los vagones era degradante, mujeres y hombres juntos, aglomerados. Para nosotros era humillante. Las mujeres y los hombres no deben apretarse unos contra otros. No entiendo cómo los adultos lo resistían. ¿Cómo lo pudo resistir mamá? ¿Cómo lo pudo resistir papá? Sabían que si comían algo, tendrían que ir de vientre y no era posible. Había que quedarse ahí donde se estaba, allí donde uno se tumbaba. Algunas chicas murieron porque se les reventó la vejiga urinaria de aguantarse. (…)

Había un soldado al lado de la puerta. Estaba sentado en una caja y vigilaba con una carabina entre las piernas. Una noche lloró: debíamos componer un horrible espectáculo. ¿Qué estaba pensado aquel soldado? Difícil de adivinar, quizá se acordaba de su hermana o hermano. De su madre o de su padre que vivían en otro lugar, lejos de allí. Quién sabe lo que pasaba por su mente. No podíamos hablar con él porque era guardia y porque no hablábamos su lengua. Éramos enemigos: él era soldado del ejército soviético, nosotros los enemigos del pueblo. Pero comprendíamos que no estaba allí por voluntad propia, que cumplía órdenes, que para él todo era igual de terrible. La única diferencia entre él y nosotros era que él tenía un fusil. No había aire para respirar, ni para él ni para nosotros. Estábamos a oscuras, no veíamos ni oíamos nada. Cuando nos traían nuestras raciones de comida, abrían la puerta para volver a cerrarla enseguida. (…)

Entonces, de pronto paró el tren. Al fin podríamos abandonar el maldito vagón. Pudimos beber cuanto quisimos, estirar las piernas, enterrar a los muertos. Nos recogieron con trineos, los kazajos eran diferentes de nosotros, de ojos rasgados y caras anchas. No fueron acogedores, pero subimos a los trineos y nos fuimos. Más tarde supimos que les habían dicho que nosotros éramos caníbales. Esa otra gente; esos paisajes; otros paisajes; nosotros teníamos montañas, ellos llanuras.

Nos dieron una especie de madriguera de tierra donde vivir, sin ventanas, con una pequeña puerta y techo de barro con un tubo para que pudiera salir el humo. Siempre estábamos hambrientos; desde el primer día que salimos de casa, ni un solo día sentí mi estómago lleno. Y volvió el invierno. Nadie tenía ropa de invierno ni zapatos. Íbamos casi desnudos. Nos quedábamos dentro de la cabaña o vigilábamos el camino, porque allí llegaba Dilo, mi hermano mayor. Lo reconocíamos a larga distancia desde la entrada, y siempre estábamos pendientes de lo que llevaba: era lo más nos interesaba. En invierno nos abrigábamos por turnos, salía uno y después el otro. Todo lo que ganaba mi hermano se iba en pan. La conversación giraba siempre en torno a la comida, a algo que fuera comestible. Hablábamos de cómo sería eso de sentirse saciado. Todo ese largo y helado invierno. La vivencia de cada uno de esos días no la puedo comparar con nada. Fue un infierno, hacía un frío de mil demonios, y llegó la enfermedad del hambre. Empezamos a hincharnos, la gente se desplomaba ante nuestros ojos. A mi lado estaban mis hermanos y hermanas tumbados, todos hinchados. Mamá decía que tarde o temprano volveríamos a casa. La gente no puede vivir sin país, como un pájaro sin alas. Estas convicciones nos hicieron sobrevivir. Las personas necesitan soñar con un futuro esperanzador.”

Varkham Musayev, residente de Grozni. Tenía 16 años cuando Hitler atacó la Unión Soviética en 1941. Un año después fue enviado al frente.

“Aquí en Chechenia no había ni un solo pro-alemán; sin embargo, fuimos llamados enemigos del pueblo” afirma, “pero yo no sabía que lo fuéramos, porque cuando mi gente fue deportada yo estaba en Varsovia. Liberamos el campo de concentración de Suvalki, a las afueras de la capital polaca. Varios miles de presos rusos permanecían allí desde principios de la guerra. Casi no podían mantenerse en pie. Cada noche morían presos, me explicaron. Cada noche cavan hoyos nuevos. Pronto les habría llegado el turno a ellos.” (…)

“Cuando tomamos Varsovia, se abrió el segundo frente bielorruso. Primero estuve en la caballería, luchando a caballo. Después me trasladaron a la brigada de carros de combate, a este frente bielorruso” (…)

“Cuando se terminó la guerra y los soldados estábamos a punto para volver a casa, yo me sentí loco de felicidad. No había recibido ni cartas ni noticias de mi familia, y sólo prensaba en volverlos a ver. Entonces me llamaron a comandancia:

– Quiero ir a Grozni- dije

– Está prohibido- me contestó el comandante.

– Pero, mis padres…

– Allí no queda nadie.

Yo no entendía nada.

– Participé en la toma de Berlín, me hirieron cinco veces, estoy condecorado, ¡y ahora no se me permite regresar a casa!- protesté.

– Allí no hay ningún hogar para ti. Toda tu gente ha sido deportada a Asia Central- me dijo el hombre.”
Varkhan aprieta los puños. Los labios le tiemblan. La rabia contra la injusticia continúa estando viva en él.

“La guerra había acabado, a mi gente se la había convertido en enemiga y yo ya no les hacía falta, ya había cumplido con mi obligación. Les habían mandado en tren a Kazajstán. Mi padre había muerto. Mucha gente había muerto. Era todo. Lloré. Era duro pensar que yo era un enemigo el pueblo. No me dijeron eso a la entrada de Varsovia o antes de que acabara la guerra, seguramente tenían miedo de que me pasara al bando de los alemanes. ¡Yo, que había creído y luchado por el poder soviético!”

Khassan Baiev, nacido en Kazajstán, explica la historia de la deportación de su familia:

“La mañana del 23 de febrero de 1944 la NKVD, la policía secreta, que mandaba las tropas del interior, hizo que todos los hombres se reunieran en la plaza. Al principio la gente pensó que querían ayuda con los suministros de alimentos, pero entonces vieron a los centinelas apostados y las ametralladoras emplazadas en lugares estratégicos próximos a los edificios administrativos, y se figuraron que iban a celebrar el Día del ejército soviético, que caía precisamente el día 23 de febrero.

Después de tener reunidos a todos los hombres, un oficial borracho de la NKVD subió tambaleándose los escalones de una plataforma que habían levantado en la plaza, alzó su megáfono y se dirigió a la multitud. La gente se quedó en silencio para oír ¡la República Checheno-Ingushetia iba a ser desarticulada!  Sus habitantes, acusados de colaborador con los nazis, iban a ser deportados más allá del mar Caspio. Durante un momento la multitud guardó un silencio absoluto, estupefacta e inmediatamente comenzaron a oírse gritos de protesta: ¿Por qué? ¿Por qué? La misma pregunta iba rebotando de un lado a otro de la plaza.

¡Sois unos vendidos y unos traidores y habéis ayudado a los alemanes! – repitió el oficial por el megáfono.” (…)

“Los soldados fueron de casa en casa, sacando a las mujeres del pelo y arrojando sus pertenencias al arroyo. Destrozaban las almohadas y los colchones, haciendo volar sus plumas, en busca de dinero y de joyas. La villa se llenó del sonido de disparos. Y lo mismo sucedió en todas las tierras altas de Chechenia: las tropas de la NKVD asesinaban a sangre fría a los habitantes de los pueblos y aldeas para no tener que molestarse en transportarlos al valle. Papá nos contó que en la parte alta, en un lugar llamado Hibakh, las tropas metieron a 600 hombres, mujeres y niños en un establo, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego; la víctima más anciana era un hombre de 104 años y la más joven un bebé de un día. Otra masacre tuvo lugar en el otro extremo de Chechenia, en Galanchozh, cuando el mal tiempo detuvo a los camiones que transportaba a unos 500 deportados. Impacientes, los guardias dispararon a los que se valían por sí mismos y empujaron a los inválidos, a los niños y a los ancianos por un acantilado que se asomaba al lago Galanchozh.

Ni siquiera los habitantes del valles escaparon al destino de sus parientes de montaña. El día de la Deportación las tropas de la NKVD irrumpieron en el hospital de distrito de Urús-Martán y asesinaron a varios cientos de enfermeros y heridos, incluyendo a niños pequeños. Los cadáveres fueron enterrados en secreto en una fosa común preparada a toda velocidad por los soldados en el patio del hospital. Durante varias décadas la población local no supo nada de este enterramiento: Habría que esperar a comienzos de la década de 1990 para que los chechenos descubrieran esta fosa a consecuencia de una carta enviada a un periódico de Grozni por una rusa que había trabajado como enfermera en el hospital. Se desenterraron los restos y se volvieron a inhumar según la tradición musulmana.”

Seierstad A. El ángel de Grozny. Madrid: Maeva Ediciones; 2008.

Baiev K. El juramento. Barcelona: Entrelibros; 2005.

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