Miguel Vázquez, Observatorio Eurasia ::: “El pasado de Rusia es sorprendente, su presente es más que esplendoroso; en lo que respecta a su futuro, supera todo lo que pueda concebir la más impetuosa imaginación” Alexander von Benckendorff (1783-1844)

El uso político de la historia con el objeto de justificar políticas del presente es una práctica que viene de antiguo; el pasado de los diferentes pueblos ha sido, junto a otros elementos cardinales como la lengua o la religión, central en la construcción de las naciones modernas y de sus identidades.

Vladímir Putin apostó, desde su llegada al poder, y especialmente durante los años de su segundo mandato, por privilegiar una determinada mirada al pasado ruso, una mirada que encajase con la visión unitaria de Rusia como país y que busca concienciar a los ciudadanos rusos de su misión (como estado-nación) en el mundo, así como hacer que se sientan orgullosos de su historia y miren al futuro en positivo. Esta interpretación de la historia rusa no es sólo el intento de sustentar una actualizada identidad nacional, sino también de dotar de sentido histórico la labor del presidente Putin.

Efectivamente, uno de los principales objetivos de este uso político-propagandístico de la historia en los años del gobierno de Vladímir Putin ha sido el esfuerzo por homologarse a sí mismo como continuador de la tradición de los grandes gobiernos de la historia rusa, aquellos “acreditados” por los historiadores y presentados habitualmente como grandes reformadores de mano dura, bajo cuyos mandatos tuvo lugar el esplendor del imperio, zarista o soviético indistintamente. De esta privilegiada lista forman parte, entre otros, Pedro I, Catalina II, Stalin y, según esta versión, Putin, que pasa a formar parte de la narración histórica con mayúsculas. Para la difusión de esta historia-pop dirigida a las masas y muy benévola con los “autoritarismos reformistas”, el gobierno ruso se ha servido de un sistema de medios de comunicación dócil, previamente reformado para asegurar la hegemonía del mensaje gubernamental.

En mayo de 2009, con ocasión de las celebraciones del sesenta aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial (convertida en joya de la corona de un pasado mitificado), el presidente Medvédev dio un paso más en esta dirección con la creación de la “Comisión para combatir la falsificación de la historia en detrimento de los intereses de Rusia”. Muy criticada por organizaciones como Memorial, que defiende una forma muy distinta de mirar a la historia de Rusia, la Comisión tiene funciones claramente contrapropagandísticas. Además de identificar supuestas falsificaciones orientadas a “menoscabar el prestigio internacional de la Federación Rusa”, debe elaborar “estrategias para contrarrestar los intentos de falsificación de datos y hechos históricos que tengan por objetivo perjudicar los intereses de Rusia”.

La polémica sobre la historia ha sido especialmente intensa en lo referente a los libros de texto de la escuela obligatoria. Como cabía esperar, el centro de la discusión ha estado, fundamentalmente, en la interpretación que en ellos se da del estalinismo, los acontecimientos en torno a la Segunda Guerra Mundial y la actualidad, especialmente la presidencia de Vladímir Putin. En esta línea, el portal Urokiistorii.ru ha publicado los resultados del análisis comparativo entre tres de los manuales de historia recomendados por el Ministerio de Educación y Ciencia ruso. Se trata de libros de texto destinados al onceavo curso de la enseñanza obligatoria, que versan sobre la historia de Rusia del siglo XX y los inicios del XXI. En referencia al contenido, los autores observan una clara coincidencia en la ausencia de neutralidad académica al tratar la época actual: “El actual gobierno, a juzgar por los textos de los manuales, es la cumbre de la historia de Rusia; ha conseguido realizar todos los proyectos que, por diferentes motivos, no pudieron llevarse a cabo con anterioridad: nos referimos a la democracia, la sociedad civil y la economía de mercado.” No hay ni la menor sombra de duda sobre la gestión de los gobiernos de Putin; y el mérito se centra en su persona. Como Pedro el Grande, Vladímir Putin parece ser un reformista que, cuando es necesario, usa la mano dura para establecer el orden.

La polémica sobre el uso político de la Historia en los manuales se desató en junio de 2007 cuando, en el marco de un congreso dirigido a profesores de Historia y Ciencias Sociales, se presentó el libro “Historia reciente de Rusia, 1945-2006. Libro del maestro“, coordinado por Alexander Filippov. El manual, dirigido a los maestros, despertó suspicacias desde su presentación, por el inusual entusiasmo con el que el Kremlin apoyó esta iniciativa editorial, así como por la composición del equipo de redacción. El propio Filíppov confirmó que el manual era un encargo directo del Kremlin, aunque más tarde, otro de los autores, Alexander Danílov, matizaría esas declaraciones. La editorial del polémico texto, Prosveschenie, publicó en su página web un documento en el que se exponían los objetivos del nuevo manual, definido como “una contribución a la formación de la ideología estatal”. No ayudó a menguar la polémica que el manual en cuestión definiera a Stalin como un “manager efectivo”; tampoco que describiese la llegada al poder de Putin como el momento en que, por fin, Rusia retomaba el rumbo que siempre debió seguir. Las críticas que, desde dentro y fuera de Rusia se han hecho al ex – presidente (represión de la oposición, pérdida de libertades en el país, corrupción de los tres poderes del Estado, violación de los derechos humanos, su actuación en Chechenia, etc.) son silenciadas o ridiculizadas. Todo parece justificable en aras de un objetivo superior: “El fundamento metafísico general de la filosofía política de Putin es el siguiente: Rusia ha sido, es y será una gran nación europea”.

Si las motivaciones del ex presidente, al promover esta visión del pasado, tienen que ver con la intención de permanecer en el poder o/y con la convicción sincera de su papel mesiánico, es difícil de saber, aunque no son pocos los que piensan que está en las intenciones de Putin volver a presentarse a la presidencia. No obstante, jugar con el pasado no suele ser inocuo, y el primer ministro, así como quienes le apoyan, deberían saberlo.

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