Stanislav Dmitrievski ::: ¿Qué percepción tiene la sociedad rusa del Cáucaso Norte y la gente que vive allí, y cómo ha ido cambiando a lo largo de los diferentes periodos de la historia?

Responder a esta pregunta en sólo el espacio destinado a un artículo es una tarea imposible, ya que se trata de un tema que requiere de una rigurosa investigación histórica, cultural y social, que debería ir precedida por una etapa de identificación y sistematización de las fuentes. Aquí, pues, nos limitaremos a algunas consideraciones que, para mí, ahora resultan evidentes, pero que son susceptibles de ser modificadas o, incluso, rebatidas.

Mi tesis de partida es que la percepción que de Rusia y los rusos hay en el subconsciente colectivo de los pueblos del Cáucaso Norte ha experimentado un proceso de desmitificación, mientras que la percepción que la sociedad rusa tiene de los pueblos del Cáucaso Norte es la misma de siempre y sigue basándose, en gran medida, en el mito. Evidentemente, el «mito caucásico» ha ido evolucionando en las diferentes etapas históricas, pero nunca ha dejado de ser eso, un mito.

Recientemente me encontré con un conocido que venía de Moscú para pasar las vacaciones de Navidad en nuestra ciudad. Sabedor de que yo, desde hace muchos años, viajo a Chechenia, me preguntó: «¿Has sentido cómo los chechenos te odian sólo por el hecho de ser ruso? ¿Has notado la necesidad que hay en ellos de matarnos?». Le contesté que no había experimentado nada de todo eso en los 15 años que hacía viajaba a Chechenia; todo lo contrario. Le expliqué cómo, en enero de 1995, en la ciudad asediada de Grozni, los combatientes chechenos me salvaron de la bala de un francotirador ruso. Después pregunté a nuestro invitado a cuántos chechenos había conocido personalmente. «A ninguno», me respondió.

Esta anécdota explica, no tanto el contenido del «mito caucásico» (los ejemplos pueden ser otros) como las razones de su permanencia. Cuando prevalece la idea de que un pueblo influye sensiblemente en el futuro de tu país, pero al mismo tiempo no existe ningún tipo de relación directa con su gente, los mitos desplazan la realidad y ocupan su lugar. ¿Y en qué contexto proliferan los mitos? Pues, precisamente, en el conflicto armado, donde la demonización del enemigo es alentada desde la propaganda estatal.

En Rusia, ya desde la escuela sabemos que en el mundo hay multitud de etnias diferentes, pero sin tener mucha idea de cómo son. Coptos, polinesios, nepalís, irlandeses, samaritanos… Creo que nueve de cada diez rusos encogería los hombros ante la pregunta de cuáles son los «rasgos nacionales» de estos grupos. Pero, cuando se trata de los chechenos, nadie duda, aunque nueve de cada diez de los encuestados haya tenido el mismo número de contactos con los chechenos que con los aborígenes de la Amazonia. Y aún más: cuanto menos contacto, más convencidos y categóricos se muestran en sus respuestas.

A partir del siglo XVII, el Cáucaso Norte tuvo un papel muy destacado en el destino del Estado ruso. De hecho, el mismo que tuvo Rusia en el destino del Cáucaso Norte. La colonización de la región se prolongó a lo largo de más de un siglo y medio de guerra ininterrumpida entre las tropas rusas y los pueblos caucásicos, algunos de los cuales (como los ubikh) acabaron desapareciendo. Incluso después de la victoria de Rusia (1859), las sublevaciones hicieron estremecer Chechenia y Daguestán una y otra vez hasta la caída del Imperio, en 1917.

La resistencia a la represión del poder soviético se tradujo también en una serie de intervenciones armadas y en la creación de un movimiento partisano permanente (sobre todo en Chechenia). Ni siquiera la deportación en masa ordenada por Stalin en 1944 de todos los chechenos e ingushes consiguió extinguir los focos de oposición en las montañas. Después de un periodo de relativa tranquilidad, entre 1950 y 1980, volvió a estallar el conflicto en la frontera del nuevo milenio, conflicto que sigue activo. Es evidente que una historia como ésta tenía que favorecer fobias étnicas en ambos bandos.

La premisa de la cual partía se puede confirmar con el ejemplo de Chechenia: los chechenos son la etnia del Cáucaso Norte más numerosa y también la más «problemática» para el Estado ruso. Por otra parte, lo que acabamos de exponer puede aplicarse en mayor o menor medida a otros pueblos del Cáucaso Norte.

Chechenia ocupa una superficie muy pequeña: unos 100 km de este a oeste y 150 km de sur a oeste. Si lo comparamos con el territorio que ocupa Rusia, es un diminuto punto en el mapa. A pesar de todas las guerras, el número de rusos que han establecido relaciones personales con chechenos es mínimo y, si excluimos de la lista a aquellos que sólo se relacionaron a través del punto de mira de su arma, la cifra es casi inexistente. En condiciones como éstas, en la conciencia social de los rusos, el lugar que tendría que ocupar el checheno «real» es ocupado por el checheno «imaginado», tal como lo modeló, en primer lugar, la propaganda imperial, después la propaganda estalinista y, posteriormente, la propaganda «democrática»: un individuo salvaje, inculto, sanguinario y mercenario. Eso iba a contracorriente de la literatura rusa clásica de Lérmontov y Tolstoi. Estos dos escritores participaron en las guerras caucásicas y describieron en sus obras a los chechenos tal como eran en realidad: todos diferentes. Pero en el imaginario de la mayoría de rusos quedó grabado sólo el fragmento de la «Canción de cuna» de Lérmontov, cuando el poeta puso en boca de la madre cosaca: «El checheno malvado se arrastra hacia la orilla, afila el puñal».

Con respecto a los chechenos, el proceso se desarrolló totalmente a la inversa. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, prácticamente todos los habitantes locales pudieron establecer contacto con los rusos (los rusos reales, no los imaginados). Y, a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, la integración de los chechenos en la cultura rusa (y en su variante soviética) fue en aumento. El proceso se materializó a través de las escuelas y los centros universitarios, del servicio militar en el ejército soviético, de los contactos personales con los rusos que vivían en la República, durante los desplazamientos de decenas de miles de hombres chechenos para hacer trabajos de temporada en la Rusia profunda…

Como resultado de todo esto, a principios de los años noventa se daban las siguientes desproporciones:

– prácticamente todos los chechenos mantenían contactos personales con rusos pero, contrariamente, pocos rusos (excepto los que vivían en Chechenia) conocían a chechenos.

– prácticamente todos los chechenos (la única excepción a esta regla podríamos encontrarla en algunas aldeas alejadas de las montañas) hablaban bien el ruso, a menudo sin acento. Al contrario, prácticamente ningún ruso (ni siquiera aquellos que vivieron en Chechenia) hablaba la lengua chechena.

– todos los chechenos estudiaron historia y cultura rusas en la escuela. Al contrario, prácticamente ningún ruso (a excepción de los especialistas) ha estudiado cultura e historia chechenas.

– la mayoría de chechenos ha estado en Rusia, mientras que la cifra de rusos que han estado en Chechenia o han vivido de forma permanente es muy pequeña en comparación con la población de habla rusa que tiene el país.

Actualmente, los chechenos conocen mejor a los rusos que los rusos a los chechenos. Por eso, la imagen que tiene la mayoría de chechenos de cómo son los rusos es bastante real, mientras que la mayoría de rusos ha mitificado a los chechenos hasta tal punto que casi los ha convertido en caricaturas.

Sin embargo, la situación inmediata puede experimentar un cambio radical. El caos prebélico y el conflicto armado han provocado la huida de prácticamente toda la población de habla rusa de la región. En Chechenia vive una generación de jóvenes que no saben ruso y que se dirigen a los rusos sólo con un arma automática. Por lo tanto, la imagen que unos y otros se proyectan puede llegar, una vez más, deformada, tanto hacia un lado como hacia el otro.

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