La narración de la historia es, en cierto sentido, como la energía: ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. El pasado forma parte del imaginario colectivo de los pueblos y su interpretación es siempre terreno abonado para la polémica

La historia contemporánea ha visto, además, cómo esos imaginarios se han ido edificando a través, entre otros elementos, de un pasado mitificado (cuando no inventado) encaminado a la construcción de las identidades nacionales e imperiales. El siglo XIX europeo vio el desarrollo de una historiografía que asumía el papel mesiánico y civilizador de determinadas naciones, lo que en más de una ocasión constituyó la base para la expansión imperial de dichos pueblos.

Rusia fue víctima, también, de esa corriente. Parte de su intelectualidad y sus gobernantes asumieron que el imperio era la vía natural para un país con un desarrollo histórico excepcional, el único capaz de aunar en su seno a Oriente y Occidente y, a través de su expansión, llevar la “civilización” más allá de sus fronteras. Y la expansión llevó a los rusos a la guerra en el Cáucaso, una guerra mitificada por la gran literatura y el arte decimonónicos, que convirtió en héroe a generales como Yermólov, pero también a “opositores” como Shamil.

En los conflictos que han asolado el Cáucaso desde la caída de la URSS, las referencias a la historia del XIX se han usado, de nuevo, para argumentar posiciones contrarias. La retórica política funciona así, especialmente en tiempos de guerra. Es relativamente sencillo provocar el odio a lo desconocido, a quien no hemos visto nunca, a quien está lejos. Por eso es tan importante conocer, ver, acercarse. Merece la pena el esfuerzo. Hagámoslo.

Anuncios