Usam Baysáev, Memorial ::: Se suele considerar que, de todas las repúblicas del Cáucaso Norte, la que se encuentra en una situación más complicada actualmente es Ingushetia.

La insurgencia armada actúa en esta república de forma descarada, abierta y con regularidad. La gente ya se ha acostumbrado a los ataques diarios contra la policía local y los militares rusos, a las explosiones y los tiroteos en los pueblos. El poder está muy desorganizado y se mantiene únicamente por su uso de la violencia. Por muy fuertes que sean los guerrilleros, la máquina estatal rusa es considerablemente más potente. Y, aunque en lo que respecta a la ideología, no tiene nada con qué enfrentar a los eslóganes islamistas y nacionalistas, cada vez más populares entre los jóvenes, todavía es capaz de no cederles la iniciativa por completo. En las ciudades y pueblos de la república se llevan a cabo operaciones militares en las que son asesinados miembros de la resistencia, pero también civiles que nada tienen que ver con la insurgencia. La cadena de esta violencia que no hace disticiones no se rompe y cada vez hay más personas que se vinculan a la insurgencia.

Hasta hace poco, Ingushetia era una región estable. Aquí no había resistencia armada, y la idea del separatismo no tenía prácticamente seguidores. Sus habitantes se posicionaban fielmente al lado del Estado ruso. Se enorgullecían de no haber participado junto con otros pueblos en la gran guerra caucásica del siglo XIX contra Rusia. Más bien al contrario, para ellos era un honor que sus antepasados hubieran luchado en innumerables conflictos al lado de los rusos. Cuando en 1991 los chechenos, tan próximos en lengua, religión y tradiciones, declararon su deseo de crear un estado propio, los ingushes decidieron salir de la autonomía que formaban junto con los chechenos y proclamaron una nueva república en el seno de la Federación Rusa. Este espíritu lo mantuvieron incluso durante el conflicto que enfrentó a osetios e ingushes en 1992, en el que Moscú se posicionó claramente a favor de los primeros.

Ni las víctimas mortales que sufrieron, ni la expulsión de decenas de miles de ingushes de unos pueblos históricamente suyos, ni la persecución represiva que se llevó a cabo contra los que participaron en estos hechos pudieron cambiar, por lo visto, las buenas relaciones con Rusia.

Asimismo, en el transcurso de la primera guerra ruso-chechena y a principios de la segunda, los ingushes no emprendieron ninguna acción significativa que pudiera hacer dudar a Moscú de su lealtad. No podemos considerar como tales la oposición al paso de las columnas militares por territorio ingush en diciembre de 1994, ni la acogida que dispensaron a los refugiados chechenos en otoño de 1999. En primer lugar, porque el espíritu antimilitar en ese momento era común en la sociedad rusa y, en segundo, porque la decisión fue adoptada, de forma exclusiva, por las autoridades de la República. Durante aquella época, los medios de comunicación y los círculos políticos de muchos países hablaban con indignación del hecho de que se impedía a la población civil huir de las zonas en combate. De hecho, Ingushetia salvó la reputación del Kremlin, le salvó la cara.

El estado de ánimo de la gente, así como la misma situación en la República, empezaron a cambiar un poco más adelante. Para ser más exactos, a principios del 2002. Unos meses antes, las autoridades rusas habían obligado a dimitir al presidente electo de la República, Ruslán Áushev. Acto seguido, haciendo uso de diferentes manipulaciones -apartaron de la carrera electoral con diferentes métodos a los candidatos con más posibilidades, falsificaron el recuento del sufragio, etc. – se confirmó en el cargo el general del FSB (análogo al KGB soviético) Murat Ziázikov.

Una de las primeras decisiones que adoptó el nuevo dirigente fue aceptar la entrada de más contingentes de tropas. Ingushetia, que de este a oeste mide apenas 25 kilómetros, acogió a algunas unidades militares que ya habían operado en la vecina Chechenia. Es el caso, por ejemplo, del regimiento 503 de infantería motorizada del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa, que más adelante se ubicó en un enorme territorio próximo al aeropuerto «Magas», entre los pueblos cosacos de Tróitzkaya y Ordzhonikídzevskaya. Además de esta división, en la república se instalaron también divisiones de las tropas del Ministerio del Interior, y un gran número de subdivisiones especiales de la policía y las fuerzas especiales, del FSB y de la Dirección Principal de Inteligencia (GRU) del cuartel general de las fuerzas armadas del país.

Sin embargo, el hecho no se limitó a un simple asentamiento de tropas. En la República empezaron a producirse secuestros y asesinatos. Al principio, las víctimas eran refugiados procedentes de Chechenia; recordemos que, en aquellos momentos, las cifras de refugiados chechenos oscilaban, según diferentes fuentes, entre algunas decenas y trescientas mil. Una parte de estos refugiados se alojaban en edificios abandonados o fuera de uso de centros industriales y agrícolas, constituidos como áreas de asentamiento compacto. Otros vivían en tiendas en campos de refugiados levantados por las organizaciones humanitarias internacionales. Sin embargo, la mayoría estaban en casas privadas, habían contactado directamente con los habitantes locales. La dirección rusa, aprovechando la entrada de las divisiones militares, empezó a asediarlos con vehemencia.

Con el fin de obligar a los chechenos a volver a sus casas, se utilizaron diferentes métodos: operaciones de limpieza en los campos de refugiados y en los núcleos de asentamiento compacto, secuestros y asesinatos. El gobierno de la República que, a diferencia del anterior, que había sido apartado del poder, era totalmente dependiente de Moscú, adoptó también por su parte una serie de medidas con el fin de dificultar más las vidas de los que habían huido de la guerra. Con el pretexto de que no se pagaban los servicios básicos, empezaron a desconectar el gas y la electricidad de los campos de refugiados en pleno invierno. Muchos de ellos, viendo que la vida en Ingushetia era muy parecida a la que se encontrarían en Chechenia, prefirieron volver a sus ruinas.

Así alcanzaron su objetivo: erradicar los campos de refugiados, los cuales, con su existencia, impedían difundir a todo el mundo el mito que la guerra en Chechenia se había acabado, que la situación allí se estabilizaba y que, por lo tanto, no había necesidad de establecer negociaciones con los vencidos.

Pero la espiral de represiones no podía limitarse sólo a los chechenos; los cuerpos de seguridad rusos empezaron también a secuestrar y a asesinar a los habitantes de Ingushetia. Y reprodujo exactamente el mismo esquema desarrollado en la república vecina: primero aparecía un cadáver, y sólo después se sabía a quién pertenecía y por qué motivo se había producido la muerte. O también, se secuestraba a alguien, se le torturaba, y, después, con las «confesiones» que conseguían, se fabricaba una causa penal. Por descontado, esta política del terror desatada originó una fuerte oposición.

El 22 de junio de 2004 nace oficialmente la oposición anti-rusa en Ingushetia. Aquel día, destacamentos formados por jóvenes locales liderados por el comandante checheno Shamil Basáyev se apoderaron del control de los principales núcleos habitados de la República. El ataque fue dirigido contra emplazamientos de las divisiones militares, las secciones del Ministerio del Interior y sus almacenes. Murieron decenas de militares y policías, incluso oficiales de alto rango. Pero eso fue sólo una respuesta a los excesos cometidos por las estructuras del Estado, unos excesos que, en aquella fecha, habían supuesto la desaparición sin rastro de más de cien habitantes de Ingushetia. A las filas de la resistencia -que tanto costó a las autoridades reconocer su existencia- se añadieron familiares, amigos y también conocidos de todos aquéllos que habían sido juzgados ilegalmente, asesinados o secuestrados.

La situación actual en esta pequeña república, por una parte, es similar a la de otras regiones del Cáucaso Norte pero, por otra parte, tiene sus particularidades. La principal diferencia con Chechenia es que aquí, el conflicto al principio no tuvo una motivación separatista. El pueblo ingush nunca pretendió separarse de Rusia, éste no era su objetivo; más bien, según las justas palabras del escritor disidente Issa Kodzoev, éste «se desplegaba delante de Rusia para ser utilizado como un trapo sucio». Pero las acciones irresponsables de los gobernantes del Kremlin -que basan su política sólo en la fuerza sin ser capaces de prever qué forma adoptarán sus decisiones- convirtieron a Ingushetia en aquello que hoy conocemos: una república con explosiones y tiroteos diarios, donde una parte muy importante de la población no solo está a favor de independizarse, sino también de aislarse con un muro del «hermano mayor» del norte.

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