Stanislav Dmitrievski ::: Me resulta especialmente complicado evaluar el estado de los derechos humanos en Chechenia, pues es imposible describir adecuadamente la situación que aquí se vive según las categorías habituales que para ello se utilizan.

Las autoridades rusas han finalizado con éxito en Chechenia un experimento político sin precedentes; la creación —en el territorio de una región del país— de un estado totalitario que cuenta, además, con todos sus atributos clásicos: estructuras de poder omnipotentes, culto a la personalidad del líder, nada que pueda parecerse a una prensa independiente y la imposibilidad de que pueda existir una oposición legal. Y todo ello, teniendo en cuenta que, oficialmente, en Chechenia se rigen por las mismas leyes y la misma Constitución que en el resto de Rusia, no se ha instaurado (ni ahora ni nunca) ningún tipo de régimen legal especial, y no existen fronteras vigiladas. Incluso los puestos militares de control, que hasta hace unos años separaban la república del resto del territorio, se han suprimido. ¡Bienvenidos a Chechenia! A pesar de todo, cuando uno cruza sus fronteras invisibles, se pasa de una zona caracterizada por un autoritarismo ruso bastante moderado a la presión auténtica de una dictadura sin atenuantes.

El «amado líder» es, aquí, Ramzán Kadyrov, el «presidente» nombrado por Vladímir Putin, que controla de facto todas las fuerzas policiales de la república. Y a los traidores se les castiga duramente. A modo de ejemplo, el destino que sufrió el responsable de una de las formaciones «antiterroristas» de Kadyrov, Mairbek Eshíev. En 2006, sospechoso de simpatizar con la oposición armada, fue arrestado y desapareció sin dejar rastro. Al respecto, Kadyrov se limitó a informar lacónicamente al periodista de Nóvaya Gazeta: «le he despedido». Veinticuatro parientes suyos, mujeres y un niño de tres años incluidos, fueron arrestados y también desaparecieron sin dejar rastro.

Todas las ciudades, pueblos y carreteras de Chechenia muestran profusión de retratos lujosamente impresos de Ramzán y su padre. Las consignas que leemos en los edificios recuerdan a los chechenos que todo, todo cuanto poseen, se lo deben a los Kadyrov, padre e hijo. Las calles, escuelas, hospitales, mezquitas, institutos superiores y complejos deportivos están obligados a llevar sus nombres. El nacimiento del hijo del «presidente» se celebra con fiestas por todo el país, y el día que su padre fue asesinado no fue declarado día de luto nacional, por la sencilla razón de que coincidió con la fiesta de celebración de la victoria en la segunda guerra mundial. Banderas con el retrato de Ramzán Kadyrov decoran el aeropuerto de Grozny y leemos las iniciales de su nombre en las gorras de los policías.

A aquellos que llegan a la república todo esto puede parecerles grotesco, caricaturesco; sin embargo, a los habitantes de Chechenia no les hace pizca de gracia, porque el amor hacia el líder constituye una ideología de estado que cada checheno está obligado a demostrar. No sólo no se puede criticar a Kadyrov, sino que cualquier mención maliciosa sobre Ramzán puede costarle muy cara a su autor. Recientemente, uno de los compañeros de nuestra organización coincidió con el antiguo contable de una de las instituciones estatales de Grozny. En un pequeño grupo de amigos se permitió calificar a Kadyrov de farsante. Sus palabras vinieron seguidas de una denuncia y durante diez días el joven permaneció encerrado en el calabozo de una de las divisiones militares mientras le torturaban. Le decían: «No amas a nuestro líder». La única diferencia existente entre este episodio y los que sucedían en la época de Stalin es la función «salvadora» que desempeña la corrupción en estos casos: a cambio de un rescate, los familiares consiguieron liberar al prisionero quien, acto seguido, huyó al extranjero.

Los arrestos ilegales, las torturas, las ejecuciones sin juicio previo y las desapariciones con violencia son los principales instrumentos de lucha contra la resistencia armada, pero también garantizan el nivel necesario de sumisión del grueso de la población. Sin embargo, a diferencia del periodo 2000-2005, cuando los militares rusos cometían crímenes como estos a gran escala, ahora los familiares de las víctimas casi nunca acuden a denunciar los hechos ante los defensores de los derechos humanos o la fiscalía. Han llegado a la conclusión de que las consecuencias de dichas denuncias pueden acabar con la desaparición sin rastro de otros miembros de la familia, incluido el denunciante. Todavía más repulsivo es el hecho de que representantes de organizaciones humanitarias europeas muy respetables, y que todavía trabajan en Chechenia, hayan empezado a seguir estas mismas reglas del juego. El autor de este escrito tiene constancia de dos casos, en los que dichas organizaciones renunciaron a dirigirse a la fiscalía y hacer pública la desaparición con violencia de sus colaboradores chechenos, y aconsejaron insistentemente a los familiares de las víctimas que callaran. El argumento, en ambos casos, era el mismo: «Nosotros no nos metemos en política y os aconsejamos que tampoco lo hagáis».

De esta manera, los defensores de los derechos humanos no pueden ni siquiera evaluar cuál es la envergadura real de esta violencia ilegal; se trata en su mayoría de hechos conocidos pero que no pueden ser confirmados con pruebas. ¡Y se producen tantas tragedias como éstas que no pueden ser monitorizadas!

Se utilizan también otros instrumentos en «la lucha por la estabilidad en la república» (como oficialmente ha sido bautizada esta campaña): aterrorizar a los familiares de los miembros —o supuestos miembros— de la insurgencia con amenazas verbales, incendiando sus casas o secuestrando a rehenes para pedir, inmediatamente, el pago de un rescate. De hecho, la represión puede suavizarse si los padres repudian públicamente al hijo combatiente; este método se ha tomado prestado de las prácticas estalinistas. En ocasiones, incluso, cuando un guerrillero muere, no resulta extraño ver al padre ante las cámaras de televisión agradeciendo a Ramzán Kadyrov haber matado a su hijo «malo»…

Hasta no hace mucho, cuando la situación en Chechenia era ya descrita como un modelo de totalitarismo, quise puntualizar: en el territorio de la república, al menos, seguían trabajando las organizaciones que defendían los derechos humanos. Tenía en mente, especialmente, el centro de defensa de los derechos humanos Memorial; su representación era la única que se arriesgaba todavía a documentar los crímenes en los que estaban implicados los hombres de Kadyrov, e informaban públicamente de dichos crímenes. El 15 de julio de este año, Natasha Estemírova fue detenida ilegalmente y después la mataron a tiros. Estemírova era uno de los miembros más activos de la oficina en Grozny de Memorial, la primera que recibió el Premio Internacional Anna Politkóvskaya, y alguien que no temía denunciar a Kadyrov. El secuestro tuvo lugar en su apartamento, ante la mirada de sus bien conocidos vecinos. Ninguno de ellos informó a los colegas de Natasha de los hechos. Y, desde entonces, los testigos rehúsan hacer ninguna declaración sobre los hechos, viven paralizados por el miedo. En menos de un mes, en Grozny, ante numerosos testigos, detuvieron a la responsable de la organización humanitaria «Salvemos la generación», Zarema Saduláyeva, y a su marido. Aquel mismo día fueron asesinados. El presidente Medvédev, a pesar de haber mostrado su pésame por la muerte de Estemírova, dijo que la versión que inculpaba a Kadyrov en el crimen era, obviamente, inadmisible. Además, se abrió una causa penal por difamación contra el director del centro Memorial después de que éste compartiera con la prensa sus sospechas sobre la relación de Kadyrov con el crimen.

Después de estos hechos, Memorial anunció que suspendía su actividad en Chechenia y que se veían obligados a evacuar al extranjero a algunos de sus colaboradores chechenos más activos junto con sus familias, ya que en aquellos momentos muchos de ellos ya eran abiertamente vigilados. El periódico opositor Nóvaya Gazeta, en el que Estemírova colaboraba, informó también de que interrumpía su actividad en Chechenia. La última etapa en la construcción del totalitarismo había concluido: la liquidación total de los últimos vestigios de sociedad civil que todavía resistían.

Ahora, a los hombres de Kadyrov, sólo les planta cara la resistencia armada, caracterizada por una ideología no menos totalitaria que la del régimen del actual dictador checheno. Aquel movimiento por la independencia nacional, que tiempo atrás defendía el valor de la democracia, se ha transformado, tras diez años de guerra partisana, en un grupo de fundamentalistas islámicos que no dudan en castigar a la población civil con el terrorismo más cruel. Las razones que explican esta evolución constituyen material suficiente para otro artículo. Sólo nos queda decir que la incapacidad del mundo libre de defender en Chechenia los principios que proclaman, no es, en absoluto, la última de las razones de esta lista. Los ideales necesitan que, con el tiempo, la confianza en que en ellos se ha depositado se haga realidad, pasando incluso por encima de los propios intereses. Si no es así, se deja de creer en ellos, y sus emisarios empiezan a ser considerados unos hipócritas. Viendo como Occidente lleva a cabo con Putin el programa «Petróleo a cambio de democracia y derechos humanos», la mirada de muchos chechenos se ha dirigido hacia el Este, hacia unos valores totalmente distintos… La gran mayoría de la población se ha visto entre el martillo de la dictadura y el yunque de un yihadismo beligerante.
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En el ya lejano año 2003, el poder ruso llevó a cabo en Chechenia un simulacro de referéndum constitucional. El nivel de fraude fue grotesco, ya que, a pesar del boicot casi general de la población, en las urnas aparecieron miles de papeletas. En aquel momento, dije a mis compañeros de trabajo que, si no reconducíamos drásticamente la situación de los derechos humanos en el Cáucaso, en Rusia, en un futuro no muy lejano, nos esperaba un escenario similar. En aquel momento no me hicieron demasiado caso. Dos años después, los comicios para elegir a los representantes de las diferentes entidades regionales federales en Rusia fueron cancelados, y los demás se celebraron siguiendo la misma farsa que en Chechenia. Aquellos que no estuvieron de acuerdo con la novedad acabaron recibiendo golpes de porra de los agentes antidisturbios o fueron políticamente eliminados. Echemos ahora un vistazo a Medvédev, un presidente ficticio, ya que es Putin quien, de hecho, manda: es éste un modelo ya experimentado en la república chechena unos años atrás, cuando el sillón presidencial destinado al todopoderoso Kadyrov era calentado por el tristemente incapaz Aljánov.

Quizás en Chechenia se esté forjando ahora el molde del futuro político ruso…

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