Miguel Vázquez Liñán, Observatorio Eurasia ::: Los derechos humanos, en el mundo en que vivimos, están lejos de ser privilegios con los que contamos desde nuestro nacimiento.

En la mayor parte del planeta, la población nace, de facto, privada de esos derechos. Parece más acertado, por tanto, considerarlos procesos de lucha por la dignidad, por conseguir que sean una realidad, una realidad duradera.

Para esa lucha, cuando va en serio, resulta difícil contar con las autoridades políticas, y esta afirmación no incumbe sólo a los países que, como Rusia, suelen (con razón) ser tachados de autoritarios. Manuel Vázquez Montalbán decía, en La Aznaridad, refiriéndose a los diplomáticos de la UE en sus relaciones con China: “Al parecer los dirigentes de la Unión Europea decidieron que cada vez que viajaran a un país donde no se respetaran los derechos humanos, obedeciera el viaje al motivo que obedeciera, la obligación de un estadista democrático correcto era reivindicar los derechos humanos y luego proseguir el trayecto para cumplir la finalidad prevista (…) Desde su perspectiva, los chinos se plantean la situación más o menos de la siguiente manera: ahora vendrá éste con el rollo de los derechos humanos; dejémosle decir la frase y que se sienta encantado de conocerse y luego a ver qué viene a vendernos. Y así se hace”.

El ejemplo del comportamiento de los políticos europeos en China se aplica bastante bien a las visitas que esos mismos representantes hacen a Rusia. Y da la impresión de que aquellos que, como decíamos, van en serio en su compromiso con los derechos humanos, acaban siendo una molestia para todos. Esa lucha, en el Cáucaso, se cobra muy a menudo la vida de quienes ponen sobre la mesa las vergüenzas locales, nacionales e internacionales.

El 12 de noviembre, en su discurso a la Asamblea Federal, Medvédev definió la situación en el Cáucaso Norte como “el problema más serio en política interior” que tiene hoy la Federación Rusa. El diagnóstico fue formulado contundentemente: “digámoslo claro: el nivel de corrupción, violencia y nepotismo en las repúblicas norcaucásicas, no tiene precedente”. Nada que objetar al presidente ruso, si además añadimos que reconoció un nivel superlativo de corrupción, hecho éste que impide llevar a cabo las políticas centrales de Moscú en el Cáucaso: “parte de los recursos es robada por los funcionarios casi abiertamente”. Quizás debió recordar Medvédev que, quienes con más fuerza denunciaron esas prácticas corruptas, han sido asesinados, a todas luces, por hacerlo.

Tampoco fue muy original el presidente a la hora de aportar soluciones, una de las cuales, según Medvédev, pasa por la creación de un puesto que coordine los esfuerzos gubernamentales en el Cáucaso. Putin hizo lo mismo en su momento; de hecho, se supone que el representante plenipotenciario del presidente en el distrito sur de la Federación (que coincide con la región del Cáucaso), debería ser exactamente eso, quien responda ante el presidente sobre la región. El puesto lo ocupa, desde mayo de 2008, nada más y nada menos que Vladímir Ustínov, quien fuera procurador general en los primeros años del gobierno de Putin y uno de los pilares de su mandato.

La distancia del dicho al hecho es en la Rusia de hoy, tal, que no hay motivos para pensar que el discurso de Medvédev, con sus miles de millones en inversiones, vaya a suponer ningún cambio en la zona.

Amnistía Internacional, en un reciente informe titulado “Rule without Law: Human Rights Violations in the North Caucasus” hace una dura enumeración de las principales violaciones a los derechos humanos en la región: impunidad, violencia, miedo y corrupción son palabras clave en el informe, y los son desde hace ya demasiados años, con el efecto acumulativo que eso supone.

Preocupa a la organización, entre otros asuntos, el endurecimiento del conflicto en Daguestán, que se traduce en “ el uso de la fuerza por parte de las fuerzas de orden público, muertes bajo custodia [policial], uso de la tortura y malos tratos bajo custodia, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, secuestros, desapariciones forzadas y amenazas a defensores de derechos humanos”.

La República de Daguestán, vecina de Chechenia y fronteriza, al sur, con Georgia y Azerbaiyán, resume como casi ninguna otra la esencia del Cáucaso Norte. Montañosa y casi inaccesible en parte de su territorio, es un crisol lingüístico y étnico con gas y petróleo en el subsuelo. En Daguestán, patria del legendario Imam Shamil, también goza de buena salud el conflicto armado (no declarado, por supuesto), que es a su vez característica hoy del Cáucaso Norte.

La organización “Madres de Daguestán por los derechos humanos” es uno de esos colectivos que se han tomado en serio la lucha por los derechos humanos y la denuncia permanente de los secuestros, torturas, desapariciones, detenciones ilegales, falsificación de pruebas, etc. Buena parte de los casos de violaciones graves de los derechos humanos que contiene el terrible informe de la organización para los años 2007 y 2008, tiene como autores a las fuerzas de seguridad del Estado, y como víctimas a la población más joven (hombres, casi todos).

“Madres de Daguestán” nació en octubre de 2007 de la unión de familiares de víctimas de diferentes violaciones de derechos humanos, fundamentalmente de desaparecidos tras haber sido detenidos por las diferentes fuerzas de seguridad. Desde entonces, la organización ha sufrido una intensa campaña de difamaciones en la prensa rusa, con acusaciones de defender y apoyar a terroristas en el Cáucaso, detenciones y acusaciones criminales sin fundamento a sus miembros e, incluso, el pasado 19 de agosto, el incendio de sus oficinas (intencionado, si atendemos a las declaraciones de su directora, Svetlana Isáeva) en Majachkalá, capital de Daguestán.

No resulta extraño, en el contexto del Cáucaso del Norte, dicho acoso. Leyendo el informe de la organización, titulado “Sobre las violaciones a los derechos humanos en la República de Daguestán en 2007-2008” volvemos a encontrarnos ante denuncias concretas, que tienen como víctimas a personas con nombres y apellidos, y cuyos presuntos verdugos, a veces, son apuntados desde las páginas del informe. Es sobre lo que escribía Politkóvskaya, es lo que denunciaba Estemírova… qué más se puede decir.

Quizás sí podamos añadir algo: algunos nombres del informe, de los secuestrados: Said Bashirov; nacido en 1978. Secuestrado en 2004. No se sabe nada de él desde entonces. Karín Shaijáev, nacido en 1979. Secuestrado en 2005. No se sabe nada de él desde entonces. Saifulla Ibraguímov, nacido en 1985. Secuestrado en 2007. No se sabe nada de él desde entonces; Ruslán Sheijullaev, Kasyn Gasánov, Malik Shurpáev, Shamil Abubakárov, Salmán Ramazánov…

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