Miguel Vázquez, Observatorio Eurasia :::
El sistema de medios de comunicación que hoy existe en la Federación Rusa ha sido diseñado para transmitir el mensaje hegemónico que se emita desde el Kremlin.

Dicho esto, es necesario añadir que tal sistema, a pesar de que cumple razonablemente con su cometido, hace aguas en algunos aspectos y, por otra parte, no está tan claro que el Kremlin tenga un mensaje, mínimamente coherente y consensuado, que transmitir.

El sistema al que me refiero comenzó a fraguarse en 1996, cuando Yeltsin y el círculo de asesores que entonces lo rodeaba, decidieron que era necesario evitar, a “cualquier precio”, que el Partido Comunista ganara las elecciones presidenciales, como todos los sondeos de entonces indicaban que iba a ocurrir. Paradójicamente, algunos (Gusinski y Berezovski entre ellos) de los que participaron más activamente en la construcción de un aparato de propaganda que evitara que Ziugánov llegara a la presidencia, fueron a la postre víctimas del mismo. La llegada de Putin significó la apuesta por apuntalar un sistema vertical de propaganda basado en la reestructuración de la propiedad de los medios (sustitución de unos oligarcas por otros y fuertes limitaciones al capital extranjero), la puesta en marcha de políticas de información destinadas a imponer el “consenso” en torno al monólogo del poder, la intervención legislativa constante (y su aplicación por unos tribunales dóciles), orientada siempre tanto a perseguir como a dificultar el trabajo periodístico independiente y, por último, la difusión de un mensaje bélico e imperial que refleja a una Rusia rodeada de enemigos, tanto externos como internos. Como telón de fondo, la propaganda del miedo: hoy, disentir en Rusia, puede traer graves consecuencias.

Jonathan Becker incluye al sistema de medios ruso, con buen criterio, en lo que él denomina “sistemas neoautoritarios”, caracterizados por un relativo pluralismo ideológico en los mensajes transmitidos por los medios escritos (incluyendo una parte de las publicaciones en Internet), pero con estrictas limitaciones a la hora de informar sobre temas estratégicos para el gobierno, como la seguridad nacional o la información en tiempos de campaña electoral. Como segundo rasgo definitorio, el relativo pluralismo de los medios escritos se desvanece en la televisión, considerado el medio de propaganda política por excelencia y, por lo tanto, controlado mucho más de cerca por el poder.

Pero, más allá del discurso bélico que ve enemigos por todas partes, los gobiernos de Putin y Medvédev no han conseguido formular ese mensaje hegemónico para el que habían confeccionado el sistema de medios. Y no es porque no lo hayan intentado; en los últimos años se han reproducido como setas centros autodenominados think tanks dedicados a la comunicación política que, recibiendo suculentas subvenciones del Kremlin, pretenden dar forma a una suerte de “ideología estatal” que aglutine al país en torno a un proyecto común. Por el momento, no parecen haber conseguido más que reeditar (con o sin adaptación al contexto) viejas reglas de la persuasión de masas y denominar “nueva propaganda” a una actualización del “pan y circo” romano que pasa por inundar el primer canal de la televisión rusa de propaganda política difundida a través de programas de entretenimiento.

Es justo decir, en favor de estos “nuevos” propagandistas, que no lo tienen nada fácil. Las continuas luchas de poder hacen caer a la clase política rusa en contradicciones de tal calado, que resulta una labor ciclópea intentar cohesionar el discurso. Quizás por ello el gobierno ruso haya optado por la huída hacia delante; a falta de un discurso propio que convenza, se opta por echar balones fuera: el enemigo externo (Occidente, el terrorismo internacional, etc.) e interno (la quinta columna del externo; es decir, la disidencia) y el entretenimiento, fundamentalmente el deporte, campo éste abonado para la exaltación de sentimientos patrióticos que no necesitan de explicación racional.

Y estas contradicciones, que anulan parte del efecto de la propaganda gubernamental, dejan hueco para que otros mensajes se abran camino; eso sí, con alcance y efectos limitados. Buena parte del esfuerzo mediático de los opositores rusos (de distinto color) se ha centrado, precisamente, en dar coherencia a la contradicción: la explicación de fondo a lo que pasa en el país pasa por situar en el primer plano del argumentario a la galopante corrupción que devora el funcionamiento de la estructura del Estado: los diferentes servicios de seguridad, la sanidad, la educación, la administración pública en general y, desde luego, el sistema empresarial. El hecho de que muchos de los periodistas que han denunciado con seriedad este estado de cosas hayan sido acusados de “extremismo”, sufrido amenazas de todo tipo o incluso asesinados, da fuerza al argumento de la oposición.

Pero, para que los árboles no nos impidan ver el bosque, es justo apuntar que el sistema de propaganda ruso ha dado pruebas de buena salud a la hora de lograr el desinterés por lo político del ciudadano medio y evitar que los grandes problemas del país sean relacionados con la mala gestión del gobierno. Es habitual oír quejas sobre la corrupción, el pago bajo cuerda a policías para que te “quiten” una multa, a médicos para eliminar esperas o simplemente recibir un trato digno, a profesores para pasar un determinado examen, etc., pero no lo es tanto escuchar que se pidan responsabilidades a las máximas autoridades del país. Este es uno de los objetivos clásicos del “pan y circo”; conseguir que el ciudadano mire hacia otro lado… quizás esté funcionando.

Anuncios