El sistema de medios de comunicación de un Estado es, no debe extrañarnos, reflejo de la estructura política con la que convive y de la que es fruto.

Por otra parte, dicho sistema resulta esencial para el mantenimiento del orden de cosas al que representa y, al mismo tiempo, es generador de mitologías e imaginarios colectivos que, habitualmente, cumplen igual función conservadora.

Si bien estas afirmaciones se nos antojan de general ámbito de aplicación, también es cierto que cabe establecer grados, y que son éstos no poco importantes. En los sistemas autoritarios, como el ruso, esta función se cumple anulando, radicalmente, la posibilidad de expresarse con posibilidades de ser oído.

Hoy, en la Federación Rusa, resulta complicado oír, en televisión (de lejos, el medio que goza de mayor impacto) críticas de cierto calado al tándem, no tan bien avenido, Putin-Medvédev (por ese orden, aún), y los periodistas saben que es mucho lo que arriesgan si entran, en profundidad, a analizar lo que ocurre en el Cáucaso, o con el dinero público, o en el interior de las cárceles, o el porqué de tanta muerte violenta en el ejército (en los cuarteles, no en combate), o asuntos turbios como el del Artic Sea o el accidente de la central hidroeléctrica ocurrido en agosto… y tantos otros temas.

El periodismo libre es una profesión de alto riesgo en Rusia; y el otro,… no es periodismo. Es la intención del equipo de “Noticias del Cáucaso” apoyar sin ambages la batalla por unos medios de comunicación más plurales y, desde luego, denunciar con dureza la “guerra contra el periodismo” que se ha declarado desde el Kremlin. Pero no confundamos, esto no significa suscribir acríticamente todo lo que se publica en los llamados “medios liberales”. No es, desde luego, oro todo lo que en ellos reluce.

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