José Carlos Gallardo, TVE (Moscú)::: En mi opinión, el trabajo como periodista en Rusia ha de llevar consigo una etiqueta: el compromiso.

En realidad, debe llevarla siempre, estés donde estés ejerciendo la profesión, y más aún en estos tiempos de falta de criterio periodístico. Pero Rusia, al igual que otros países que conozco, como Marruecos y Argelia, obliga.

Y, aquí, en principio, el corresponsal extranjero no corre peligro por aquello que escribe. El problema afecta a los periodistas rusos que se mojan, que van más allá del artículo o del reportaje correcto, aquellos –no son muchos- que convierten el ejercicio de su profesión en puro activismo social, político… Creo que no importa mucho el calificativo.

El principal problema lo tienen ellos, porque quienes temen ciertas informaciones, es porque tienen pavor a su difusión en ruso, a que llegue a demasiada gente de casa. A la población hay que mantenerla en el oscurantismo informativo.

Cuando llegué a Moscú, hacía 9 meses que habían asesinado a Anna Politkóvskaya. Indagar e involucrarse en su caso, para mí, era casi una obligación. Lo siguiente fue llegar a entender por qué Anna representaba esperanza para muchos que, como ella, han intentado e intentan contar la verdad. De ahí que el estancamiento de su caso en los tribunales rusos haya afectado tanto a tanta gente. Si el proceso no tiene un final justo –ella, reconocida internacionalmente y cuyo asesinato ha tenido gran repercusión más allá de las fronteras-, ¿qué puede pasar con el resto?

Anna era compromiso. Lo aprendió de su ex marido, Aleksánder. Muy popular desde finales de los 80 y hasta mediados de los 90, se cansó de luchar. Durante aquellos años en los que él se hartó de viajar por la antigua Unión Soviética, ella le esperaba en casa preocupada, junto a sus dos hijos, Iliá y Vera, un hombre y una mujer que –por obligación del destino- se acabaron convirtiendo en defensores de la libertad.

Anna temía por Aleksánder y, al final, el veneno del periodismo acabó infectándola, no en cambio otras sustancias con las que intentarían matarla. Sólo pudieron callarla cinco balas en el portal de su domicilio.

Con motivo del primer aniversario de la matanza en la escuela de Beslán, que me tocó cubrir desde Moscú, conocí a Marina Litvinóvich, una periodista en la treintena –hoy ex mano derecha de Gari Kaspárov- que había investigado el secuestro, como hizo Politkóvskaya. Y Marina llegó a la conclusión de que fue imposible que las autoridades no vieran llegar a los secuestradores. Descubrió pruebas que confirmaban que las fuerzas armadas rusas fueron las que desataron el caos y la tragedia finales. Allí, en Beslán, Marina se dio de frente con la política de “el fin justifica los medios”. Y, como resultado de todo ello, tuvo que acostumbrarse a vivir con las amenazas… y con un guardaespaldas. “Muchos de mis colegas se han ido”, me dijo, “a otros los han matado”.

Periodistas en línea de fuego, sin mediar oficialmente una guerra. Informadores que dan la cara por las “Madres de Beslán”, los “Familiares del Teatro Dubrovka”, las “Familias de las víctimas del Kursk”, las “Madres de los soldados” y así un largo etcétera de organizaciones que –intentando buscar justicia para los suyos- continúan investigando por su cuenta, luchando contra viento y marea, y que sólo ven algo de luz cuando un activista de la información y los Derechos Humanos se arriesga a hacerse eco de todas esas voces ya afónicas.

La ONG “Memorial”, una de las grandes mediadoras de las voces de la verdad, ha cumplido 20 años recibiendo el reconocimiento del Parlamento Europeo con el “Premio Sájarov”. El prestigioso galardón lleva el nombre del Premio Nobel de la Paz -Andrei Sájarov- que fue, precisamente, quien fundó la organización en 1989. Parece cerrarse una etapa en un momento en que sus miembros, activistas e informadores, naufragan entre el compromiso personal, el ánimo desgastado por las presiones, y la incertidumbre ante un futuro poco halagüeño, en el que no parece que la impunidad vaya a cesar. Tras el asesinato de Natalia Estemírova, su representante en Chechenia, han confirmado que, por el momento, no van a volver a abrir su oficina de Grozny, sin que ello signifique dejar de lado a nadie. Continuarán su trabajo por la libertad de información.

Cuando viajas fuera de Moscú y te encuentras con la Rusia real, la prensa local se interesa en saber de qué hablas y qué piensas. Su conclusión es siempre la misma: los periodistas extranjeros estamos obsesionados con manchar la imagen de su país, hablando tanto y tantas veces de los ataques a la libertad de expresión.

No podemos dejar de hacer autocrítica. La guerra de Georgia destapó la predisposición occidental a ver a Rusia como al ¨único enemigo”, es cierto. Pero nosotros sí que no podemos callarnos al ver tan de cerca –por ejemplo, en Jimki, una ciudad pegada a Moscú- que ciertos periodistas de la zona reciben palizas, son apaleados, heridos y hasta asesinados –y van ya…- por defender un bosque, ¡un bosque!, un pulmón absolutamente necesario que va a desaparecer por obra y gracia de una gran autopista de peaje hacia San Petersburgo que van a construir sobre él.

Algunos destaparon la corrupción de la administración local. Uno, Mijail Béketov, alma de “La verdad de Jimki”, una publicación humilde, así lo hizo. Y hasta salió en una televisión extranjera denunciándolo. Parece que llegó demasiado lejos. Le pegaron una paliza una tarde de noviembre en la parte de atrás de su casa. Allí permaneció inmóvil durante 24 horas sin que nadie le socorriese. Cuando le encontraron, ya era demasiado tarde.

No ha muerto. Está postrado en la cama de un hospital. Los médicos lo han desahuciado. Le falta una pierna, que se le gangrenó tras horas herida sobre la nieve. Y lo peor de todo: no puede hablar. La mayor parte de los golpes los recibió en la cabeza. No tuvo miedo y pagó el precio.

Eugenia, una amiga suya que ahora –junto a otras personas- mantiene viva “La verdad de Jimki”, me sorprendió al contarme la historia de Mijail. Sonreía continuamente, algo que incluso me chocaba. Y le pregunté por qué. “¿Cómo es posible que, teniendo dos hijas como tienes, sigas adelante con la labor de Béketov, luchando por el bosque?”. Y su respuesta fue muy clara: “¡Claro que tengo miedo! A menudo miro hacia atrás, por si me siguen. Pero, al mismo tiempo, no puedo renunciar a la lucha porque, entonces, no podré sentirme una persona normal, una ciudadana válida. ¿Qué hago si no? Amo a mi patria, aunque desgraciadamente esté enferma”…Compromiso y no traición a la patria, como algunos confunden.

Oleg Orlov, uno de los directores de “Memorial”, ya ha tenido que ir a juicio acusado de difamar al presidente de Chechenia Kadyrov, Ramzán Kadyrov, por hacerle públicamente responsable político de la muerte de Estemírova. Una vez, Karina Moskalenko, una persona extraordinaria, abogada de Politkóvskaya, Jodorkovski y de muchos otros, me dio una explicación sobre la responsabilidad del poder en todos los ataques a los periodistas y a los defensores de los Derechos Humanos. No hace falta que un dirigente diga “matad a ese, acabad con esa”, no. Moskalenko me dijo: “los crímenes políticos ocurren allí donde la gente encuentra justificaciones políticas a sus acciones”. Me parece que es una afirmación absolutamente acertada.

Hace unas semanas, entrevistamos al líder de la organización neonazi rusa más conocida de Rusia: “Unión Eslava”. Fue un encuentro tenso porque es difícil respetar a alguien que dice no defender la violencia, pero que claramente la fomenta con todos sus mensajes, que asegura estar dispuesto a todo con tal de echar de Rusia a todos aquellos que no sirven a los intereses de su patria, “aunque barran nuestras calles”.

Y le pregunté por las acciones de esas marionetas que sí ejercen la violencia en la calle contra extranjeros, homosexuales y defensores de los Derechos Humanos. Y él contestó: “no conozco a ningún activista que haya sido atacado por dedicarse a proteger los Derechos. La profesión de esa gente consiste en obtener subvenciones, en quejarse cada día ante los tribunales, en exigir que procesen a alguien; así que no debe sorprenderles que les surjan enemigos. Ellos han elegido esa zona de riesgo. Si luchas contra alguien que tiene dientes, luego no te sorprendas de que te muerda”.

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