Usam Baysaev, Memorial ::: Existen dos puntos de vista sobre la situación actual en Chechenia: uno es decididamente optimista, el otro se tiñe cada vez más de un tono cruento, pesimista, fúnebre.

El primero se presenta avalado por una nutrida lista de hechos positivos: puesta en marcha de escuelas, hospitales y jardines de infancia, calles arregladas, edificios de viviendas que se reconstruyen o se vuelven a levantar. Sobre todo, muchos edificios de viviendas. Aquí, definitivamente, no hay guerra. La guerra ha sido aplacada, se ha apagado, terminado. El mismo pueblo checheno le puso fin supuestamente votando a favor de una constitución que les incluye dentro de la Federación rusa y creando unos órganos de poder para la República acordes con dicha constitución.

Esta visión de los hechos es la que sostiene el poder ruso y también la que traslada a su alrededor. Según esta opinión, pues, los enfrentamientos armados que tienen lugar en Chechenia son sólo actos terroristas dictados por extremistas religiosos de fuera de las fronteras. A menudo, bajo esta «frontera» aparecen países occidentales…

Sostienen el segundo punto de vista defensores de los derechos humanos y algunos periodistas que intentan trabajar «desde el pueblo». Unos y otros son, cada vez, menos numerosos. Y no únicamente porque escribir y hablar sobre la verdad se haya convertido en un peligro letal para estas personas. El principal problema es que no queda prácticamente nadie a quien pueda interesar oír la verdad. Más bien, todo lo contrario: aquellos que desean seguir engañados y creer que la situación va por el buen camino son cada vez más numerosos.

Los primeros en apresurarse a creer la mentira fueron los líderes de los países occidentales. El ex primer ministro británico Tony Blair, por ejemplo, mandó buscar sin tregua y durante largo tiempo a terroristas chechenos en Afganistán. No les encontró, pero hizo el juego a los líderes rusos que aseguraban que Chechenia tenía tratos con agentes de organizaciones extremistas islámicas. Voluntaria o involuntariamente, el primer ministro británico se alistó a las filas de los criminales procedentes de las estructuras de poder rusas, responsables del asesinato de civiles, así como de secuestros y torturas. No hay demasiada diferencia entre quienes cometen estos actos y quienes los justifican.

Una actuación no demasiado honorable fue la del anterior canciller alemán Gerhard Schroeder y no se puede decir que este político no supiera qué estaba haciendo, todo lo contrario. Sus «esfuerzos», incluso en el frente checheno, fueron como bien sabemos muy bien recompensados por la cúpula rusa.

De una u otra manera, el tema checheno quedó apartado de la esfera política pública. Ni en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, ni en la OSCE se habla de ello desde hace años. Y, al final, ha sucedido aquello que más temían los activistas de derechos humanos: las democracias occidentales prácticamente reconocieron a Rusia el derecho a usar la violencia contra el pueblo checheno. Después cerraron los ojos ante hechos consumados, así como ante todo lo que estaba por llegar. Para los chechenos, Europa dejó de existir como representante de imperativos morales, como modelo de construcción justa de una sociedad que se caracteriza principalmente por la defensa de los derechos humanos y la libertad. Fue un cambio definitivo, que modificó también el trabajo de los defensores de los derechos humanos y el curso de los acontecimientos.

Incluso la sociedad chechena cambió. En los años más duros de la guerra, cuando parecía que nada podría detener a los militares rusos, la población local supo encontrar la fuerza necesaria para enfrentarse a ellos, sin violencia. Prácticamente a diario, en diferentes puntos de la República, la gente asistía a los mítines, ocupaba las calles, bloqueaba las bases de las divisiones militares, se manifestaba a favor de la paz. El movimiento civil tuvo tal fuerza que los comandantes militares interrumpían las operaciones y los líderes políticos del país tuvieron que introducir cambios en las tácticas (aunque a veces sólo fueron palabras) de las estructuras de fuerza. Pero todo esto se fue desvaneciendo, hasta quedar en nada, cuando los países occidentales, bajo el paraguas de una pretendida guerra global contra el terrorismo internacional, primero bajaron el tono de sus críticas a Rusia y, después, incluso renunciaron a la crítica.

Las acciones no violentas son efectivas y factibles únicamente cuando con ellas se consigue captar la atención, aunque sea ligeramente, cuando no pasan desapercibidas. ¿Para qué protestar sabiendo que tu protesta no obtendrá ninguna reacción? Esa sociedad civil que había puesto los ojos en los países occidentales y sus instituciones, al final, se desvaneció.

La tarea de los defensores de los derechos humanos en la República chechena tuvo siempre el apoyo activo de los habitantes locales. Desde el principio, era un trabajo que se llevaba a cabo con la gente y para la gente. Si echamos un vistazo a los folletos, libros e informes que se publicaron a partir del inicio de la segunda guerra, no es difícil comprobar que los hechos que en ellos se explican están basados en declaraciones de testigos y víctimas. Muchos crímenes salieron a la luz gracias a las palabras de aquellos que los habían presenciado: mujeres, ancianos, hombres… Incluso algunos aportaban prueban como cintas donde se mostraban los cadáveres, fragmentos de armamento prohibido y, a pesar de ello, utilizado, datos de muertes y secuestros. Alrededor de cada organización se formaba rápidamente un círculo de simpatizantes, gente dispuesta a arriesgar su propia vida para proporcionar información y conseguir que se publicase.

Pero, ¿hay alguien capaz de pasar años y años haciendo algo que, al final, no tiene ningún resultado positivo? Los activistas de las organizaciones de defensa de los derechos humanos cayeron en la apatía. Muchas de estas organizaciones, viendo que no conseguían el apoyo de las instituciones occidentales para realizar su trabajo y que, además, dichas organizaciones eran indiferentes a lo que allí estaba sucediendo, consideraron la posibilidad de colaborar con el poder. Esto coincidió con el periodo de chechenización, cuando los líderes rusos dieron las riendas de la República a un determinado número de protegidos elegidos entre la población local. La renuncia, por parte del ejército ruso, a las operaciones de represión, se tradujo en una disminución del número de asesinatos y secuestros. Se creó la ilusión de que la presión interna se podía controlar, ya que en el poder había chechenos, muchos de los cuales habían sufrido, en carne propia, las acciones de las tropas rusas…

Esta ilusión fue mantenida de forma artificial incluso por el poder. En un primer momento, de los labios de los dirigentes chechenos pro-rusos podían oírse acusaciones contra generales y políticos rusos, y la necesidad de investigar los secuestros y asesinados perpetrados contra los habitantes de la República. Este «pacto con el diablo» —como se denominó en un principio, repito, la política de ignorar lo que sucedía en Chechenia por parte de los países occidentales y las instituciones internacionales de defensa de los derechos humanos— tuvo un efecto catastrófico en la sociedad civil chechena. Una parte importante de las anteriormente organizaciones independientes, en cuestión de tres o cuatro años se hicieron pro-gubernamentales. Sirven al poder, simulan ocuparse en cierta manera de los derechos y libertades de las personas e interesarse por el desarrollo democrático de la sociedad.

El espacio que antes ocupaban las organizaciones humanitarias en la República chechena es cada vez más estrecho: sólo unas pocas se mantienen todavía firmes, como antes, en su propósito de publicar los crímenes cometidos y alzar la voz para criticar al poder. Pero su actividad no encuentra comprensión en ningún lado: ni en Occidente, ni entre el pueblo checheno, cansado de una guerra inútil, ni en sus antiguos colegas defensores de los derechos. Podemos hablar, incluso, de marginalización de estas organizaciones que han mantenido su independencia, algo que las convierte también en vulnerables. Vulnerables ante las críticas, y también ante la persecución judicial y física. El reciente asesinato de tres defensores de los derechos humanos sirve de ejemplo.

No me detendré en los cambios experimentados por la resistencia armada chechena. Es éste un tema que merece un apartado aparte. Quiero decir únicamente que su radicalización, su renuncia a las consignas democráticas para abrazar las consignas religiosas, es también consecuencia de la confabulación de los países occidentales con Rusia. Los combatientes chechenos, que creen estar en su derecho y además están muy decepcionados con aquellos a quienes antes consideraban aliados, se han visto obligados a erigir una nueva ideología. Una ideología basada, en su mayor parte, en el Corán y la Charia. Seguramente no se podía esperar otra cosa.

Las organizaciones de defensa de los derechos humanos y las ONG, en principio, no consideran que la situación en Chechenia sea ni estable ni segura para la gente. Es cierto que descendió el nivel de violencia en la República después de que el poder fuese transferido a unos cuantos elegidos chechenos. Pero su explicación es muy sencilla: un policía checheno no ve en otro checheno al enemigo. Ha desaparecido la motivación étnica, el odio étnico que en un periodo inicial era evidente en las acciones de los militares y policías procedentes de otras regiones. Aun así, en la República, siguen desapareciendo personas, se llevan a cabo ejecuciones sin juicio previo y torturas. Desde principios de año incluso ha aumentado el número de crímenes de este tipo, si lo comparamos con la cifra de los dos años anteriores. La oposición armada también se ha fortalecido. Los separatistas son mucho más activos a la hora de atentar contra los agentes de las fuerzas de seguridad. En un intento por poner fin a esta situación, estos últimos cada vez se inclinan más por las prácticas represivas que caracterizan a los servicios especiales rusos: toman como prisioneros a los familiares de los combatientes, queman sus casas y roban sus pertenencias.

El conflicto sigue activo. Ambos bandos han hecho pasos para evitar que pueda terminarse en breve. La parte rusa, en lugar de establecer una auténtica regulación política, ha intentado dar a los hechos carácter de confrontación civil interna; y los separatistas han extendido el conflicto, exportando las acciones militares fuera de las fronteras de la República. ¿Quién ha llegado más lejos? La respuesta está en las noticias de las agencias informativas. Hoy se lucha en Daguestán, una república cuyos habitantes ya en 1999 se enfrentaron a los chechenos, y también en Ingushetia que hace años se separó de Chechenia como respuesta a los intentos de los chechenos de independizarse de Rusia y crear un estado propio. Los enfrentamientos armados se suceden también en otras regiones del Cáucaso Norte.

Ciertamente, cada uno ve aquello que quiere ver. El poder lo ve de una manera, y los defensores de los derechos humanos, de otra. Pero la situación que se vive en el sur de Rusia ha adquirido tal proporción, que sólo un ciego no vería qué hay detrás de la verja de sus viviendas reconstruidas. Y lo que puede verse no resulta una verdad demasiado agradable.

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