José Carlos Gallardo (corresponsal de TVE en Moscú)

Y lo más probable es que sus antiguos residentes apenas sean conscientes. Lo que les queda de aquel trágico episodio de hace –ahora- 10 años es un doloroso recuerdo. Y puede que, ya entonces, fuera precisamente ese dolor el que les hiciera mirar hacia otro lado ante lo que estaba por ocurrir en Rusia, en su país, muy poco después.

Aquel fatídico 9/9/99, a las 12 en punto de la noche, sus vidas se tambalearon. Antonina, que vivía en la calle Guriánova de Moscú desde hacía 24 años, acababa de pasar por el baño de su casa. Después de la explosión, su baño desapareció como por arte de magia, dejando en su lugar un vacío enorme…

Las fuertes cargas explosivas colocadas en los sótanos del edificio se llevaron por delante las viviendas de dos portales enteros. Y casi 100 vidas. Antonina fue una de los 200 heridos. Aquella noche volvió a nacer… Y hoy, ante el pequeño monumento que recuerda a las víctimas y que está situado frente al hueco en el que estaba su casa, entre dos nuevos edificios, da gracias por poder contarlo.

“¡Cuántos amigos! ¡Cuántos compañeros de mi hijo! ¡Cuántas familias murieron!”, se lamenta. Todavía llora por todos ellos. Y recuerda cómo el hombre que sigue siendo alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, asistió enseguida a los vecinos afectados.

Fueron los terroristas del Caúcaso Norte que buscan la independencia de varios territorios y quieren hacer presión en el corazón del Imperio. Eso dijeron las autoridades.

Algunos analistas, los pocos que estos días han escrito sobre aquel triste episodio, están ciertamente convencidos de que fue en la calle Guriánova donde comenzó la segunda (o la enésima) guerra de Chechenia.

El de aquel 1999 fue un “septiembre negro” para Rusia. Ya había habido otros atentados. Y al de Guriánova, le siguió otro brutal, también en Moscú. Un edificio entero se desplomó y, bajo los escombros, hallaron los restos de 118 personas.

Y con la misma rapidez que Luzhkov acudió a calmar a las víctimas de la violencia en su ciudad, apareció en la calle el primer retrato-robot de un sospechoso. Y, luego, de varios. En la calle y en la omnipotente televisión pública. Todos con rasgos claramente identificativos: del Caúcaso. La maquinaria estaba en marcha.

No en todos los ataques quedó clara la autoría de los secesionistas del Caúcaso Norte, pero había prisa -al menos más que en otros casos- por capturar o por señalar a los responsables. Los servicios secretos, por mandato de un presidente Yeltsin en sus horas más bajas, se habían hecho cargo de la situación y su objetivo era obtener resultados… rápidamente.

Fue en esas circunstancias, en aquellos tiempos de convulsión política, económica y social, cuando Vladímir Putin -el ex director del FSB que ya era primer ministro desde agosto- comenzaría a adquirir relevancia. Empezaba a dar pasos firmes en su búsqueda de la estabilidad del país a cualquier precio, en su camino hacia la presidencia y hacia los niveles de popularidad de los que todavía hoy sigue disfrutando.

Es fácil de entender que, con una sociedad en pleno shock, bastaba la más mínima evidencia para lograr el beneplácito popular y poder así intervenir en Chechenia, justificando de esta manera la política de mano dura que acabaría caracterizando los 8 años de presidencia de Putin.

Mucho se ha escrito sobre oscuras maniobras de los servicios secretos para forzar la situación, incluso, para colocar bombas y pruebas falsas que incriminaban directamente a los independentistas del Caúcaso.

Anna Politkóvskaya así lo denunció. Litvinenko también escribió sobre ello. Y alguno más intentó investigar los hechos a fondo. Hoy, todos están muertos.

La calle Guriánova de Moscú guarda silencio. Justo en este aniversario, parece un lugar fantasmal en el que el terrorismo, una vez, dejó su huella.

Puede que allí empezara todo.

“Pero la vida sigue”, dice una mujer que, como Antonina, ha acudido a dejar un clavel frente al espacio en blanco que borró una bomba.

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