Chechenia, en el imaginario colectivo de la mayoría, no es un lugar, es una guerra. Y se cumplen ahora diez años del comienzo de su “segunda entrega”, de la llamada Segunda Guerra de Chechenia.

En estos diez años la pequeña república caucásica ha estado a punto de desaparecer bajo las bombas. Grozny simbolizó el horror; fue una ciudad fantasma, un amasijo de cadáveres y escombros: hoy es una ciudad grotesca y humillada por dos gobiernos; el de Moscú y el del sátrapa local: Ramzán Kadyrov.

La última década es la del teatro de la Dubrovka, Beslán, los atentados suicidas, la degradación del ejército ruso, la tortura y la violación sistemática de los derechos humanos más elementales. Y es también la de la destrucción de un pueblo, que se ha llevado miles de vidas de soldados rusos, de civiles y combatientes chechenos; nos ha dejado sin Politkóvskaya, sin Markélov, sin Estemírova (¡y tantos otros!) y mantiene con el miedo en el cuerpo a muchos que se saben en el punto de mira.

La Federación Rusa perdió en Chechenia la posibilidad de demostrar que era capaz de enfrentar problemas de otra forma, que no era la URSS de Afganistán, Praga o Budapest. Pero las manos de Yeltsin se mancharon de sangre y su sucesor, Vladímir Putin, se ensañó con Chechenia. De telón de fondo, el silencio ensordecedor de esa entelequia a la que llamamos comunidad internacional.

Las guerras no empiezan con el primer disparo ni acaban con el cierre oficial. La paz de los cementerios no es el final de nada. Es el deber de toda persona de bien recordar a los que siguen sufriendo. En su honor están redactadas estas páginas.

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