Carlos Taibo (Universidad Autónoma de Madrid)

El Cáucaso es una región en la que se aprecian dos caras distintas de la política de Rusia. Aunque ninguna de ellas es en sí misma saludable, como veremos conviene encarar de manera diferente lo que Moscú hace en el plano interno –en Chechenia, para entendernos– de lo que el Kremlin asume como línea de conducta en sus relaciones exteriores, a menudo para hacer frente a la agresividad que muestran las potencias occidentales, y en singular Estados Unidos.

No parece, y vayamos a por la primera de esas dos dimensiones, que haya posibilidad alguna de justificar las políticas que Rusia ha desplegado, desde mucho tiempo atrás, en Chechenia. Recordemos que este atribulado país fue incorporado manu militari, y de manera tardía, a la lógica imperial rusa. Desde entonces, 1864, y hasta hoy ha sido escenario de un sinfín de tropelías alentadas por zaristas, soviéticos y, hoy, yeltsinianos, putinianos y medvedevianos. Por ceñir nuestro argumento a lo ocurrido en los últimos años, al amparo de la guerra que se inició a finales de 1999, lo primero que hay que subrayar es que el ejército ruso se mueve en la más absoluta impunidad: en Chechenia no hay observadores independientes, no hay periodistas, no hay jueces ni fiscales que puedan desarrollar su trabajo. Importa mucho subrayar, por cierto, que el tratamiento informativo moderadamente abierto que el Kremlin permitió con ocasión de la primera guerra (1994-1996) ha brillado por su ausencia de resultas de la segunda. Así las cosas, la mayoría de los rusos ignoran la realidad de un país, Chechenia, marcado por asesinatos, desapariciones, secuestros y torturas que en modo alguno pueden justificarse sobre la base de las acciones de la resistencia local.

Las autoridades rusas se hallan empeñadas en sacar adelante, por otra parte, un programa de normalización de nulas credenciales democráticas. Se inserta a la perfección en un proyecto, el alentado por el hoy primer ministro, Vladímir Putin, que apunta a una clara recentralización en todo el país e incorpora sucesivos ataques a la estructura federal del Estado. Los gobernantes rusos, y volvamos a Chechenia, han cerrado, por lo demás, cualquier horizonte de negociación, de la mano de un proyecto que, a través de sucesivas medidas de fuerza, ha permitido el asentamiento de Putin en el poder en el Kremlin. Las medidas mencionadas implican una política de represión permanente contra quienes pelean, en Chechenia como en otros lugares, por los derechos más básicos.

En la trastienda es sencillo identificar el ascendiente del argumento que suelen blandir todos los Estados cuando en su interior se hacen valer problemas nacionales de uno u otro cariz: sus leyes son sagradas, aunque hayan nacido en virtud de procedimientos no democráticos y respondan claramente a intereses, que son defendidos a través del uso obsceno de la fuerza. En lo que a Chechenia se refiere, y para cerrar el círculo, destaca sobremanera el silencio cómplice de las potencias occidentales, mucho más volcadas en mantener una relación fluida con un país importante, Rusia, que es, por añadidura, un abastecedor fundamental de materias primas energéticas. Nada de lo anterior, ni la represión que Moscú ejerce ni el cómplice silencio occidental, ha permitido doblegar, con todo, la resistencia en Chechenia.
Vayamos, aun así, a por la otra cara de la cuestión. Si sobran las razones para criticar agriamente muchas de las políticas que, en el plano interno, han defendido desde 1991 los sucesivos gobernantes rusos –complicidad con inmorales oligarcas, aliento dispensado a desigualdades extremas, creciente autoritarismo, violaciones de derechos humanos básicos–, conviene que mantengamos alguna distancia, en cambio, en lo que se refiere a determinada suerte de crítica de las medidas que, en materia de política exterior, han alentado esos gobernantes, y singularmente las que se han hecho valer en los últimos años. Y ello es así porque sobran las razones para afirmar que en este terreno Rusia es a menudo víctima de agresivas políticas occidentales que era difícil pensar no iban a provocar respuestas agrias en Moscú.

Recordemos, sin ir más lejos, que entre 2001 y 2006 Rusia ofreció lo que en unos casos fue un franco apoyo y en otros un silencio manifiestamente connivente ante las medidas, aparentemente antiterroristas, que abrazó el presidente norteamericano Bush. Hay que preguntarse qué fue lo que el Kremlin recibió a cambio de ese respaldo, unas veces evidente, otras subterráneo. Nada más sencillo que responder a esa pregunta: absolutamente nada. Estados Unidos no ha frenado durante años un programa, el escudo antimisiles, que obedece al propósito fundamental de reducir la capacidad disuasoria de los arsenales nucleares ruso y chino; ha alentado una nueva ampliación de la OTAN que ha beneficiado a las tres repúblicas del Báltico, con franco descontento de Moscú; ha intentado mantener contra viento y marea las bases, teóricamente provisionales, que perfiló en el Cáucaso y el Asia central en el otoño de 2001; no ha dudado en alentar las llamadas revoluciones de colores que, en Georgia, en Ucrania y en Kirguizistán, han aupado al poder a gobiernos hostiles a Rusia y, en fin, no ha otorgado a esta última ningún tipo de prerrogativa en el terreno comercial. Era de cajón que Moscú en algún momento tendría que buscar otros horizontes.

Muchos de los problemas vinculados con la relación entre Rusia y Estados Unidos se revelaron con claridad, en agosto de 2008, al amparo de la crisis que tuvo por escenario Osetia del Sur, de nuevo en el Cáucaso. Sabido es que entonces se registró una ofensiva militar georgiana que, con certeza alentada, o al menos tolerada, por Estados Unidos, suscitó una pronta réplica rusa que el cabo se saldó con las declaraciones unilaterales de independencia de la mentada Osetia del Sur y de Abjazia.

Aunque en el caso que ahora nos ocupa nada sería más desaconsejable que olvidar que Rusia es una potencia regional que impone reglas del juego que pretenden ser de obligado cumplimiento, conviene subrayar que la reacción del Kremlin en el verano de 2008 exhibió una inequívoca dimensión de respuesta a lo que cabe entender que era un visible acoso externo. ¿Cómo reaccionaría Estados Unidos si en la proximidad de su territorio se desplegasen instalaciones de un escudo antimisiles de una potencia rival que procediese a crear bases militares y apoyase con descaro a gobiernos manifiestamente enfrentados a la Casa Blanca? ¿Hay algún motivo para apoyar una política, la que Estados Unidos hace valer en el Cáucaso, claramente orientada a acrecentar el control sobre una región geoestratégica y geoeconómicamente vital?

Es verdad, con todo, que la necesaria contestación de la política de Estados Unidos no puede conducir a un silencio ante los dramáticos juegos de doble moral protagonizados por Moscú. Recordemos que Rusia se ha negado a reconocer un Kosova independiente mientras no ha dudado, en cambio, en alentar las independencias de Osetia del Sur y de Abjazia. Entre tanto, el Kremlin sigue rechazando cualquier horizonte de autodeterminación en la vecina Chechenia. Claro que Washington no le va a la zaga a Moscú: las credenciales morales de una potencia que ha violentado el derecho internacional en Afganistán y en Iraq no parecen las mejores a la hora de repudiar las acciones militares rusas en Georgia, de la misma suerte que la defensa norteamericana de la integridad territorial de este último Estado contrasta poderosamente con una posición bien diferente blandida, a principios de 2008, en relación con Serbia.

Agreguemos en fin, que la disparidad de capacidades, en todos los órdenes, entre los bandos teóricamente enfrentados –Rusia y las potencias occidentales–, que comparten, por cierto, el mismo sistema económico, es tal que no ha lugar para nada que recuerde a una nueva guerra fría. Y ello aunque, como sucedía varios decenios atrás, la oferta de tirios y de troyanos es tan lamentable que queda poco espacio para quienes creemos en los derechos humanos, y en los derechos colectivos, en Chechenia pero no queremos reírle las gracias a Estados Unidos en su designio de dominación planetaria.

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