Antonia Ceballos Cuadrado, Observatorio Eurasia ::: Reseña del libro de Anna Politkovskaya “Terror en Chechenia”.

Un libro sincero. Un relato sobrecogedor y preciso. Una búsqueda minuciosa de la verdad. Un periodismo con rostro humano que da voz a los sin voz: a los civiles callados por el ruido de las bombas y a los líderes políticos silenciados. Un conjunto de artículos imprescindible para comprender el sufrimiento del pueblo checheno. Una información equilibrada que tiene la virtud de recurrir en contadas ocasiones (y con una justificación informativa) a las fuentes oficiales. Todo eso y mucho más es este libro de Anna Politkovskaya, que en el prólogo al mismo se define de la siguiente manera:

“Soy periodista. Trabajo como corresponsal especial en el periódico de Moscú Nóvaya Gazeta y ésta es la única razón por la que fui testigo de la guerra: me enviaron para que informara. Pero no porque sea corresponsal de guerra y conozca bien el tema. Al contrario: porque soy ante todo una persona civil. La idea del redactor principal era simple: precisamente yo, una persona civil, sin ninguna relación con lo militar, comprendería mejor las vivencias de otros civiles, los habitantes de las aldeas y las ciudades chechenas sobre cuyas cabezas se había desencadenado la guerra.” (Politkovskaya, 2003: 13)

El estilo de los artículos de Politkovskaya está profundamente imbuido de este espíritu “civil”. Las descripciones son minuciosas y con una carga dramática muy fuerte. El uso de la primera persona es bastante frecuente; así como elementos que enlazan con el “nuevo periodismo” estadounidense, como la reproducción de diálogos, la predominancia del estilo directo sobre el indirecto y el acento en el interés humano de lo noticiable. A Politkovskaya no le importan las peroratas oficiales. No se hace eco ni de uno sólo de los informes oficiales de la guerra. Lo suyo no es el briefing, sino el día a día de la población civil. El libro está plagado de personas con nombres y apellidos que tienen una historia que contar. Una historia de dolor y tragedia. Aunque siempre queda lugar para la esperanza. A este respecto debemos destacar dos magníficos artículos del libro: Viktoria y Aléksandr, recién casados en Grozni y ¡Hemos sobrevivido! ¡Otra vez! Crónica de la felicidad del coronel Mirónov.

En el primero de estos artículos, Politkovskaya cuenta la historia de dos jóvenes discapacitados recién casados, que han decidido continuar viviendo en Grozni. En él, la periodista confronta la realidad y la irrealidad de la guerra. Decía Pérez-Reverte, en una entrevista a RNE, que la guerra es una situación normal de gente normal que hace cosas normales. Dice Politkovskaya en su artículo: “Me da vergüenza llorar en su presencia. Y no lloro. No sé cómo expresar mis sentimientos, todo es fútil en comparación con esa vida. Como en esta cocina de Grozni todo es ficticio: los fogones, el frigorífico, los grifos… Todo. Salvo los sentimientos. En cambio, en las cocinas moscovitas hoy todo es verdadero: los fogones, el gas, el agua del grifo, fría y caliente. Todo. Salvo los sentimientos. Parecen un decorado. Comemos demasiado, para ser un país que hace tanto tiempo que está en guerra.” (Politkovskaya, 2003: 81-82).

El artículo sobre la felicidad del coronel Mirónov es eso, un canto a la felicidad. La felicidad de estar vivo otra vez. De haber sobrevivido. De disponer de una noche más para brindar con desconocidos con los que compartes más cosas que con tu propia familia y para declarar amor a todas las mujeres con las que uno se encuentra. La felicidad de Mirónov es el otro lado de la moneda. El rostro amable de la guerra y el amor incondicional por la vida.

Desde el punto de vista estrictamente periodístico y de la labor del corresponsal de guerra (aunque la propia Politkovskaya rechace esta denominación) debemos destacar el siguiente fragmento:
“Naturalmente, prometo ‘informar’. Pero lo prometo en voz muy baja. Incluso casi no prometo nada, y simplemente asiento con la cabeza y murmuro algo… No doy explicaciones, cómo puedo decir a un condenado QUE:
– en primer lugar, al Kremlin no le hacen falta mis explicaciones, porque sabe perfectamente qué ocurre;
– en segundo lugar, la situación en Moscú con la guerra que tiene lugar en el Cáucaso es tan confusa que casi nadie sabe nada, porque no quiere saber;
– en tercer lugar, incluso mis amigos más cercanos no creen lo que les cuento después de mis viajes por Chechenia, y ya he dejado de explicarles nada, me siento y guardo silencio en su compañía cuando me invitan, y
– en cuarto lugar, incluso en mi periódico, que se opone a la actual ‘línea del partido y del gobierno’, no siempre esperan mis reportajes sobre Chechenia ni quieren publicarlos, y cuando los publican, a veces recortan los fragmentos más ‘duros’, movidos por el deseo de no conmocionar al público. La polémica en la redacción a este respecto es más crítica que nunca, y me pone en un aprieto…” (Politkovskaya, 2003: 36)

Estas palabras de Politkovskaya enlazan de manera muy directa con la teoría de Pablo Sapag acerca de los factores exógenos y endógenos que influyen en la labor del corresponsal de guerra. Ante la dificultad de luchar contra estos factores, lo único que le queda al corresponsal es la honestidad periodística, de la que Politkovskaya hace gala en sus escritos.

También sorprende de Politkovskaya su capacidad de análisis y de hacer predicciones que se cumplen al cien por cien. Moscú dio por finalizada la “operación antiterrorista” en Chechenia el pasado abril; sin embargo, la violencia no ha cesado, sino que se ha incrementado hasta niveles insostenibles. Anna Politkovskaya decía en 2003:

“Estoy segura de que incluso si mañana se anunciara el final de la guerra, la retirada del ejército y el cese de las operaciones militares, Grozni seguiría igualmente bajo la bota criminal, y Dios sabe cuándo se podría eliminar. Es muy fácil iniciar una guerra y casi imposible suprimir luego todos los monstruos que ha generado.” (Politkovskaya, 2003: 94)

Aunque desafortunadamente no todos los pronósticos fueran acertados:

“- ¿Te das cuenta?¡También esta vez estoy vivo!
(…)
– ¡Fantástico!- le respondí, y la esposa de Mirónov me miró con mala cara- Imagínate, ahora te darán un permiso largo. Además has acumulado comisiones de servicio, te pagarán el seguro… Vivirás como un rey. Y para cuando vuelvas a caminar, fíjate, la guerra habrá terminado. ¡Te lo prometo! Escribiré un montón de artículos, más de los que debiera, sólo para que esa maldita guerra termine y no te vuelvan a enviar allí” (Politkovskaya, 2003: 252)

Pero la guerra aún no ha acabado y el alegre Mirónov y Politkovskaya no tuvieron suerte la última vez.
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Anna Politkovskaya (2003): Terror en Chechenia. Barcelona: Ed. Planeta.

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