Ana Sánchez Resalt, Observatorio Eurasia :::
Entrevista al fotógrafo de Magnum Jonas Bendiksen, que nos habla de su viaje por Rusia, Asia Central, el Cáucaso y Siberia.

Jonas Bendiksen
© Jonas Bendiksen/Magnum Photos/Contacto

Recién llegado de Bangladesh a su Noruega natal, contactamos vía telefónica con el fotógrafo de la agencia Magnum Jonas Bendiksen. Con él hablamos de “Satélites”, exposición y libro que recoge las fotografías que realizó entre 1999 y 2005 en su viaje por Rusia, Asia Central, el Cáucaso y Siberia.

“Satélites” es el resultado de 7 años de trabajo, de una aventura que llevó a un joven fotógrafo de 19 años desde el puerto de Vladivostok a Moscú, luego a Birobidján, en Siberia, y más tarde hasta Abjasia, Kazajstán, Azerbaiyán y Uzbekistán. Por aquel entonces no imaginaba lo que nacería de aquel viaje: “Lo cierto es que cuando estaba en Moscú aún no sabía que estaba trabajando en este proyecto. Sólo estaba persiguiendo historias individuales que me resultaban  interesantes por distintas razones, historias de comunidades únicas y aisladas de la Antigua Unión Soviética.  No fui consciente de lo que tenía hasta que terminé. Se podría decir que el proyecto me encontró a mí, más que que yo encontré al proyecto”

1999 es recordado por algunos como el año del inicio de la segunda guerra postsoviética ruso-chechena. Para Jonas Bendiksen, fotógrafo de madre americana y padre noruego, supondría el inicio de su carrera y, según sus propias palabras, una “experiencia única”. Ese año dejó Londres, donde era becario de la agencia fotográfica Magnum, y llegó hasta Rusia a través del puerto de Vladivostok decidido a afrontar su primer trabajo en solitario y a convertirse en fotoperiodista.

La fascinación de Jonas Bendiksen por Rusia empezó pronto. Sus abuelos maternos habían emigrado desde Ucrania y Rusia a Nueva York antes de la Primera Guerra Mundial, pero no sería hasta su adolescencia cuando el fotógrafo comenzó a sentir interés por sus orígenes. “Mi adolescencia coincidió con la guerra fría. Entonces  empecé a descubrir que todavía tenía un montón de parientes fuera de Noruega, en la Unión Soviética, en Leningrado, y comencé a cartearme con ellos. Era una segunda familia que no conocía. Noruega estaba muy cerca de Rusia, tenía una gran conexión personal con aquel lugar, pero me di cuenta de que no sabía prácticamente nada sobre un  país que estaba casi al otro lado de mi frontera”.  La decisión estaba tomada: “Tenía que ir a Rusia, sentía tanta curiosidad…

El viaje

Tras dos años en Moscú, Jonas Bendkisen fue deportado por problemas burocráticos y decidió permanecer en la periferia de Rusia, viajando por algunas de las ex repúblicas soviéticas.

[Aquí se pueden ver las fotografías que forman parte de “Satélites”].

La primera parada en su “forzada” ruta fue Birobidján, la República Autónoma Judía, en Siberia, en la frontera noroeste con China. “Mis abuelos maternos eran de allí, eran emigrantes judíos. En Birobidján fue donde empecé realmente a aprender fotografía y ruso, porque cuando llegué no hablaba prácticamente nada. Birobidján era un sitio muy interesante para mí porque es la historia de la primera patria judía de los tiempos modernos, creada como una región de la Unión Soviética por Stalin y su gente 20 años antes que Israel. Era un lugar sorprendente por esa mezcla entre historia soviética e historia judía”. Bendiksen cuenta que, en aquellos años, había varios vuelos diarios desde Birobidján con destino Oriente Medio.  La sensación era la de encontrarse en un lugar en el que todo el mundo estaba haciendo las maletas para marcharse.

“Mi segunda parada fue Abjasia”, continúa Bendiksen, “una república que se separó de Georgia al mismo tiempo que Georgia se separaba de la Unión Soviética. Así que ahí estaba, como una república independiente, pero sin ser reconocida por ningún otro país en el mundo, sólo por Rusia. Tenía una existencia complicada, era una zona muy aislada, un lugar con un enorme potencial, cerca del Mar Negro, que en tiempos soviéticos fue  un gran destino turístico”. De eso ya no queda prácticamente nada, mucho menos después de la guerra con Georgia. Sólo restos añejos de un lejano esplendor turístico, como muestra la fotografía en la que un hombre ofrece a los turistas la posibilidad de fotografiarse con un oso disecado.

Algo más al noroeste llegó hasta Transnistria, territorio que se autoproclamó independiente de Moldavia, pero que no cuenta con más reconocimiento internacional que el de Rusia, Abjasia y Osetia del Sur. “Tanto este lugar como el Alto Karabaj [dentro de Azerbaiyán], viven una existencia casi fantasma. No existen en ningún mapa. No hay una “cultura de país”. Sin embargo, cuando visitas esos lugares, ves que tienen sus fronteras bien definidas, guardias de fronteras que te piden el visado, tienen su propia moneda, su ejército, sistema político, su propia constitución… viven como un país propiamente dicho, excepto por el hecho de que oficialmente no existen”

La siguiente parada fue en el Valle de Fergana, en Asia Central, un lugar rodeado por Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán. “Todos quieren un pedazo del pequeño valle. Aunque no es una república autónoma, la sensación es de encontrarte en una entidad separada. Los mismos  habitantes del valle se sienten en un lugar separado. En el tiempo en el que estuve allí, descubrí bastantes  movimientos clandestinos basados en la religión  que daban lugar a  una especie de territorio religioso independiente en aquel valle. Más que una separación física, era una separación mental. Mirar al valle de Fergana es como mirar a través de una ventana por la que se observan muchos de los principales asuntos que tienen lugar en las ex repúblicas centroasiáticas de la antigua Unión Soviética, desde los movimientos clandestinos religiosos, hasta la supresión de la democracia, pasando por los robos de poder”

Su último alto fue en un enclave en la frontera con Kazajstán, en Altai, una zona en la que aún funciona una antigua agencia espacial soviética que es también utilizada por empresas europeas y estadounidenses para poner en órbita sus satélites. Enviar al espacio una nave o satélites desde allí es más barato que en otros lugares, por eso, aunque los agricultores se quejen de que el combustible de los cohetes contamina sus bosques y valles  y de que su ganado muere tras ingerir pasto contaminado, la agencia seguirá funcionando: los beneficios son más fuertes que las protestas. “Es una situación muy surrealista. La gente vive debajo de la trayectoria aérea de naves y satélites.  Es el extraño legado de un nuevo plan soviético espacial. Tienen naves de segunda mano que pueden terminar estrelladas en sus tejados y cada vez que una nave se pierde puede caer sobre sus cabezas. Es un giro en el tiempo… gente que en la época soviética estaba luchando en las antiguas granjas colectivas, está ahora haciendo negocio con los restos del  programa espacial post-soviético. Se dedican a cortar las partes metálicas de los cohetes espaciales que caen y las venden por un dólar o así el kilogramo”.

Vivir una “existencia fantasma”

En agosto de 2008, “gracias” a la guerra entre Georgia y Rusia, los medios nos enseñaron a localizar en el mapa Osetia del Sur y Abajsia. ¿Seguiremos recordando dónde están y qué les pasó dentro de cinco años? ¿Nos interesará saber si finalmente han podido reconstruir sus casas y sus infraestructuras tras la guerra? Los medios de comunicación se encargan de dar voz (y vida) a comunidades olvidadas y oprimidas, incluso a países enteros. Si no están, no existen. Eso es lo que vio Bendiksen: que las gentes de Transnistria, el Alto Karabaj o Abjasia sentían que no eran porque no estaban, porque vivían una existencia anónima en el más amplio sentido de la palabra.

Desplazarse por lugares “anónimos” no es muy complicado. En su viaje, el fotógrafo noruego hizo seis paradas en distintas repúblicas, pero nunca tuvo demasiados problemas para moverse de un lugar a otro, ni para conseguir que la gente hablara con él. “Siempre voy con la verdad por delante cuando trabajo. Nunca intento esconder lo que estoy haciendo. Cuando conozco a gente nueva soy muy abierto con respecto a lo que voy a hacer allí. En el tiempo en el que estuve por Asia Central  no había realmente ningún conflicto abierto, no estaba trabajando en una zona de guerra. No pasé miedo. En muchos de esos lugares hay todavía un montón de actividades ilegales y puede ser peligroso profundizar en según qué temas”.

En 7 años también le dio tiempo a conocer el carácter de los habitantes de las repúblicas centroasiáticas que visitó.Él era el extranjero, pero reconoce que siempre fue bien recibido“Ellos se enfrentaban a grandes desafíos diariamente, tenían que ser optimistas y buscar  cómo ganarse la vida. La verdad es que siempre encontré una acogida muy calurosa allá donde fui. A pesar de que nunca pretendí que todo el mundo estuviera de acuerdo con lo que estaba haciendo, la gente, en general, estaba encantada de que alguien de la comunidad periodística les prestara atención, de que alguien hubiera ido hasta allí  para contar sus historias. Los periodistas occidentales no suelen ir a estos lugares”

El descubrimiento tardío de su relación personal con la Unión Soviética creó en Jonas Bendiksen una fuerte atracción por la zona, su historia y sus habitantes. “Estaba fascinado por la idea de la ruptura de la Unión Soviética, un proceso que parecía inacabado y del que tan poco sabía. Lo que yo quería era, de algún modo, resaltar esas pequeñas historias de gentes que permanecían totalmente olvidadas: era  gente real viviendo una existencia fantasma. A menudo pienso en ello. Parece que esta situación es  todavía enormemente irrelevante. Mucho tiempo después de que yo estuviera allí,  sitios como Transnistria o el Alto Karabaj continúan apareciendo  muy poco en los medios (…) Me interesan las historias desde un punto de vista periodístico, pero no es lo principal, no busco la foto del día, más bien busco esas historias de la vida diaria que eluden los grandes medios”.

Un elemento que une visual y sensitivamente las fotografías de Bendiksen es la sensación de que el tiempo, allí, se detuvo a finales de 1991. En algunos lugares, incluso antes. El frío, la niebla, los paisajes desolados, las habitaciones tenuemente iluminadas o las miradas de las gentes, todo huele a “fin de algo”. Las imágenes de Bendiksen muestran restos del pasado soviético incrustados en el presente: aún hay estatuas de Lenin y Marx en algunas ciudades, banderas rojas, hoces y martillos, aún recuerdan, algunos con nostalgia, la época en la que pertenecían a la Unión Soviética: “Esa reminiscencia soviética no me sorprendía, más bien me fascinaba. Era parte de lo interesante de muchos de esos sitios, el no haber seguido el mismo fluir de tiempo que en el resto de la región. Fotográficamente hablando, me interesaba mucho esa mezcla de los restos de los tiempos soviéticos con el nacionalismo. Lo que también me interesaba muchísimo era la búsqueda de la  gente  de una nueva identidad después de haber estado todos juntos como parte de la Unión Soviética. En cada lugar se daban soluciones distintas a las mismas cuestiones: nacionalismo, religión, o capitalismo galopante (…) Muchos de esos lugares tenían grandes vínculos con Rusia, sitios como Abjasia o Transnistria en cierto modo existen gracias a la Rusia, porque Rusia los protege, o los asegura. La información que les llegaba [acerca de la guerra de Chechenia que tenía lugar mientras él viajaba, por ejemplo] provenía de canales rusos”.

“Satélites” es un libro (Satellites: Photographs from the Fringes of the Former Soviet Union. Nueva York: Aperture, 2006), pero también es una exposición que ha recorrido diversos países y que durante enero y febrero de 2009 pasó por el Festival Internacional de Fotografía “Fotoencuentros” de Murcia. La exposición no consta sólo de una serie de fotografías, sino también de pequeños paneles en los que Jonas Bendiksen explica las fotografías y contextualiza, política, económica y socialmente, las zonas. De todas las fotografías que forman “Satélites”, ¿podría elegir una sola que resuma la esencia del proyecto? “Es difícil escoger sólo una porque este trabajo consiste en una serie de ellas. Pero, probablemente, la portada del libro. La mezcla de los granjeros locales en un área muy rural encima de un cohete que ha caído del espacio en medio del campo. Para mí es muy importante. Fue muy difícil encontrar a los recolectores de chatarra. Los ves recogiendo trozos de metal para vivir de ello, a la vez que están en ese espacio tan bello, rodeado de mariposas…”

Tiene que haber una gran catástrofe ambiental o una guerra para que oigamos hablar de las repúblicas centroasiáticas, de Siberia o del Cáucaso. Jonas Bendiksen nos muestra, a través de las fotografías que conforman “Satélites”, que aún quedan muchos asuntos por resolver en estos lugares que aún no han sabido o no han podido adaptarse a la independencia de la antigua URSS. Como señala el fotógrafo, algunos de estos territorios ni siquiera aparecen en los mapas. En muchos casos, ni ellos mismos saben qué son. Luchan con ahínco por salir adelante, por avanzar y por definir o conseguir una identidad propia que les fue extirpada y sustituida hace años, y ante la indiferencia de la comunidad internacional, al final sólo les queda acudir a Rusia, por poco o nada que les ayude. Eso o una guerra para ser “la foto del día”. Quizás así alguien les haga caso.

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