Reseña de la película “12”, de Nikita Mikhalkov; por Jesús Cruz Álvarez (Observatorio Eurasia)

Hace ya casi dos siglos, el filósofo francés Alexis de Tocqueville admiraba en su magna obra, La Democracia en América, el método judicial estadounidense basado en jurados populares. Tocqueville consideraba a éstos un medio beneficioso para decidir litigios, así como un mecanismo eficaz para fomentar la responsabilidad cívica y los niveles de la actividad pública de la sociedad. La experiencia, no obstante, ha demostrado que la justicia suele pender de un hilo y que la responsabilidad cívica de la que hablaba el filósofo francés suele verse tergiversada por prejuicios sociales.

Así lo vio Reginald Rose, autor de la obra teatral Twelve Angry Men sobre la que se basó Sidney Lumet para filmar una película homónima en 1957 encabezada en el reparto por Henry Fonda. En 2007, este material fue actualizado por el reconocido cineasta ruso Nikita Mikhalkov, que situó la acción de la obra en el contexto de la Rusia contemporánea, aunque manteniendo la esencia de la misma.

El argumento se centra en las disquisiciones morales y prácticas de un grupo de doce hombres que conforman un jurado popular encargado de dictar sentencia sobre el supuesto asesinato de un joven contra su padre. En primera instancia, la mayor parte del jurado se muestra decidida a declarar culpable al sospechoso; sin embargo, las palabras de uno de ellos, centrado en debatir los hechos y hacer ver a los demás la importancia de la decisión que allí se va a tomar, van a provocar serias dudas en la conciencia de cada uno de los miembros.

En el film de Lumet, la acción, claustrofóbica y en tiempo real, es un continuo debate sobre los detalles del caso que deja patente la importancia insoslayable de los prejuicios sociales y la adhesión inconsciente a lo que decida el grupo. Los miembros del jurado, algunos de ellos deseosos de zanjar el asunto en el menor tiempo posible, rechazan de plano cualquier tipo de reflexión conducente a aclarar los hechos; en contra, se suman al unísono a la creencia general, especialmente, cuando el voto es público. Aquél que pone en duda la verdad consensuada se erige como la realidad discordante del proceso, alguien de quien desconfiar y que únicamente persigue confundir al resto. Es precisamente la introducción de este elemento de la discordia lo que nos permite seguir creyendo, aunque mínimamente, en el método judicial que aquí se presenta y que nos lleva, por contra, a preguntarnos cuál hubiese sido el resultado sin su existencia.

La película de Mikhalkov, 12, sigue la senda marcada por Lumet; sin embargo, el contexto es muy diferente. El chico acusado de asesinato ya no es un marginado social, sino un checheno que atenta contra su padrastro ruso. No es casual la elección de Mikhalkov. La sociedad rusa permanece en un constante y contradictorio debate interno sobre la cuestión chechena (caucásica en general), un conflicto latente sin salida aparente en el que ni siquiera las autoridades poseen un plan coherente. Esa tensión aflora en ciertas ocasiones en boca de los miembros del jurado, refiriéndose a los chechenos como una suerte de plaga que se extiende por la capital, Moscú, donde realizan sus negocios ilícitos de contrabando. Naturalmente, nada bueno hay que esperar de un checheno. En esta atmósfera de hostilidad manifiesta, los prejuicios raciales salen a flote y la capacidad de raciocinio se ve francamente disminuida. No obstante, al igual que en la versión norteamericana, uno de los miembros exige debate, pone su empeño en crear en sus compañeros una duda razonable.

Aunque en su esencia es muy similar, es decir, su apuesta firme contra la pena de muerte o la cadena perpetua, así como la responsabilidad cívica de los jurados, la película de Mikhalkov se distrae en situaciones innecesarias que conllevan una duración excesiva (unas dos horas y media aproximadamente, frente a los noventa minutos de la versión clásica); se pierde la atmósfera opresiva de la cinta original, aquel ambiente de calor y humo de cigarro acentuado por el blanco y negro, la discusión constante, sin tregua. Mikhalkov, por contra, opta por la repetición abusiva del escenario del crimen, de la propia historia del chico, algo que distrae del verdadero núcleo de la historia. A pesar de ello, 12 cosechó un gran éxito internacional alcanzando el León de Oro de Venecia al mejor director y al mejor actor (todo el elenco de la película), así como una nominación al Oscar como Mejor Película de Habla no Inglesa.

Como punto final, nos quedamos con la aseveración final de uno de los miembros del tribunal; “Las cosas son así, si quieres volar, vuela; eres libre, si quieres quedarte, quédate; pero debes decidirlo tú, nadie lo hará por ti.”

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