Antonia Ceballos Cuadrado, Observatorio Eurasia :::
REVISTA DE PRENSA referida a la cobertura dedicada por los medios ingleses, durante el mes de julio, a los principales acontecimientos en Eurasia.

The Times publicaba un artículo el 19 de julio titulado “West ignores lessons of Soviet humiliation in Afganistan” que comenzaba con unas palabras del mariscal Serguei Akhromeyev ante el Politburó de la URSS el 13 de noviembre de 1986: “No hay casi ni un solo lugar de Afganistán que no haya sido ocupado por nuestros soldados en un momento u otro. Sin embargo, buena parte del territorio permanece en manos de los terroristas. Controlamos los centros provinciales, pero no podemos mantener el control político sobre el territorio que ocupamos”. El periodista utiliza estas palabras de Akhromeyev para ilustrar cómo el ejército estadounidense está cometiendo los mismos errores que ya cometiera la extinta Unión Soviética en Afganistán.

Este artículo bien puede servir de ejemplo del tono de los medios ingleses en sus informaciones de este mes acerca de Rusia y los países en su órbita de influencia. La guerra fría parece no haber acabado: armas nucleares , carrera espacial , historias de espías , intrigas varías , censuras diversas  y, sobre todo, la eliminación sistemática del enemigo.

La cumbre de EEUU y Rusia ha sido el más claro ejemplo de la herencia de la guerra fría. La “precumbre” empezaba con las polémicas palabras de Obama acerca de Putin y su pie en las viejas formas. Un desayuno y varios acuerdos después  (entre ellos uno bastante beneficioso para EEUU, que podrá usar el espacio aéreo ruso para proporcionar suministro a sus tropas en Afganistán), Obama había cambiado de opinión, justo antes de pronunciar el tercero de sus discursos históricos (8) (después de los de Praga y El Cairo), en el que afirmaba tener muchas cosas en común con Rusia.

La cumbre nos deja un sabor agridulce. Los principales objetivos se han cumplido, pero las grandes diferencias siguen ahí. Imposible alcanzar un acuerdo en materias tan espinosas como la que atañen a Georgia, Irán o el escudo antimisiles heredado de la era Bush.

Pese a los buenos gestos, Rusia no parece cambiar su política significativamente. Hemos asistido de nuevo a la muerte de una periodista en Chechenia, Natalia Estemirova, defensora de los derechos humanos que trabajaba para Memorial, la organización de este tipo con más trayectoria en Rusia. Amiga íntima de Politkovskaya y de Stanislav Markelov, trabajadora incansable, ha sido víctima de lo que tantas veces denunció. Mucho se ha escrito sobre su muerte : secuestrada a las puertas de su casa y encontrada en una carretera de Ingushetia con tiros en la cabeza y en el pecho. Las reacciones no han dejado de sucederse. Memorial ha abandonado temporalmente su actividad en Chechenia y Kadyrov  (el señor de la guerra que ocupa el poder de la república desde 2007) emprenderá acciones legales contra los que lo acusan directamente de su muerte. Desde aquel triste día de octubre de 2006 en que perdimos a Politkovskaya, poco o nada ha cambiado en Rusia.

Entre los artículos más interesantes acerca de la muerte de Estemirova encontramos un editorial de The Guardian, publicado el 17 de julio, titulado “Russia. Defying the autocrats”  en el que hay una reflexión bastante interesante: “Pero cuanto más continúan estos crímenes, el presidente Kadyrov se convierte en más fiable para el Kremlin”. The Guardian también publica un artículo de su corresponsal en Moscú, Luke Harding, en el que recoge declaraciones de la hija de Estemirova, declaraciones realmente sorprendentes si tenemos en cuenta que son de una niña de 15 años.

Destacamos también un artículo que publica The Independent el 17 de julio titulado “From beyond the grave: A searing indictment of Putin’s protégé” , un extracto de un artículo escrito por la propia Estemirova en agosto de 2008 en el que narra su visión de Chechenia y cómo Kadyrov está creando su reino neoestalinista con el apoyo tácito del Kremlin. Las palabras de Estemirova las encontramos también en un artículo publicado en The Economist (“War and peace through the bravest eyes”, 23 de julio) en el que se recoge una entrevista que concedió hace unos años.

Los otros dos temas recurrentes son Georgia y el gas. Georgia está presente en casi todas las noticias relacionadas con la cumbre de EEUU y Rusia. Además, en los días previos a la cumbre, Rusia desafió a Washington con una serie de juegos militares en la frontera con Georgia  (aunque algunos sostienen que fue en respuesta a las maniobras previas de la OTAN) y en los posteriores, con una visita oficial del presidente Medvédev a Osetia del Sur. Washington, por su parte, en su intento de restablecer la normalidad con la administración rusa, envió al vicepresidente Joe Biden de visita oficial a Ucrania y Georgia.

Turquía, Bulgaria, Rumanía, Hungría y Austria al fin han firmado el acuerdo por el que se construirá gaseoducto Nabucco, que conectará Asia Central con Europa sin pasar por Rusia. El problema es que no queda demasiado claro quiénes serán los países que proporcionen el gas. La guerra de intereses está servida. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el contraproyecto ruso (el gaseoducto South Stream cuenta con el apoyo y la participación de países como Italia) . A esto tenemos que sumar la entrada en escena de China y su acuerdo con Turkmenistán  para comprarle el gas y el absoluto pasotismo de la UE que deja desamparada y sin crédito a Ucrania , por lo que muy probablemente veremos nuevos cortes de gas este invierno.

Aunque sin duda lo más significativo no es lo que la prensa cuenta, sino lo que calla. No hay una sola noticia acerca de la reunión entre los presidentes de Rusia y Azerbaiyán para intentar solucionar el conflicto latente de este último con los armenios. Y noticias tan importantes como los resultados de las elecciones en Kirguizistán o la reunión del autoproclamado Primer Ministro checheno en el exilio, Akhmed Zakayev, y el presidente del parlamento checheno, Dukuvakha Abdurakhmanov en Oslo han pasado desapercibidas, a excepción de la BBC.

Un mes intenso, sin duda. Por ello quizás lo mejor será que hagamos como Marco Polo y nos sumerjamos en los baños de petróleo de Azerbaiyán, o bebamos vodka al ritmo que lo hacen algunos rusos. ¿Será para olvidar?

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