Francescomaria Evangelisti, Observatorio Eurasia :::
Si los Uigures vistieran de naranja, los periodistas estarían más preparados a la hora de analizar la crisis del Xinjiang.

Si los Uigures vistieran de naranja y no utilizaran armas, probablemente Hasan Mahsum hubiera recibido el Nobel  en lugar de morir asesinado en un campo de entrenamiento de Paquistán a manos de alguien todavía sin nacionalidad.

Si los Uigures vistieran de naranja, quizás alguno de nosotros  colgaría la  bandera  de Turkestán en el balcón de su casa, o a lo mejor no, visto que tiene una media luna y una estrella y es demasiado similar a las banderas enemigas como para ser enseñada tras esa línea ideológica y cultural instaurada, en nuestra defensa, con el miedo a los bárbaros.

Si los Uigures vistieran de naranja y no fuesen islámicos, en los medios de comunicación se mostrarían trazas de sus manifestaciones pacíficas a lo largo y ancho del globo y se trataría el conflicto étnico de la manera más adecuada. Así, probablemente, el dueño del kebab cercano a mi casa dejaría de mirar mal a quien entre o se acerque a su tienda con una bolsa del restaurante chino del otro lado de la calle.Digo esto porque, tanto el territorio donde ha nacido mi proveedor, como en aquel del maestro de meditación de la mujer de mi abogado, un día paso algo muy similar; algo que, en los libros de historia y, más en general, en todas las publicaciones en lengua mandarina se define como “la pacífica entrada de la amistosa armada roja”.

Y no es mi intención dudar del sentimiento que ha animado a los chinos a anexionarse, durante “el gran juego”,  una porción de Turkestán; si miramos el problema desde el punto de vista geográfico, podríamos decir que, si los Uigures vistieran de naranja  y no vivieran allí, no tendrían la suerte de habitar en un radio mínimo desde el principal complejo nuclear chino, Sal Pur, ni hubieran podido participar indirectamente en el  primer experimento nuclear del Partido Comunista chino, ni probablemente en todos los que se hicieron antes.

Si el Xinjiang no fuese considerado por los jóvenes Han y por el gobierno chino como el Oeste americano de la época en que todavía no existían las reservas indias, como un territorio “virgen”, donde hay cantidades de recursos naturales todavía no bien calculados, y donde circula una ingente cantidad de dinero por todos aquellos sectores de la economía que se pueden desarrollar en un territorio que mide cinco veces Italia, y donde hasta mitad del 1900 vivía un millón de personas, principalmente nómadas, quizás hoy en día se seguiría llamando Turkestán.

Si el gobierno chino no hubiera alimentado con ingente propaganda y con  intensivos movimientos de “colonos” el poblamiento masivo de Xinjiang;  ahora, a menos de 40 años desde el comienzo de la “colonización  Han”, los Uigures no serian una minoría étnica sin posibilidad de mejorar su posición en la sociedad china del siglo XXI, dispuesta a utilizar las armas del pueblo en contra de éste  y en defensa del Capital.

Y es que no podemos hacer nada, porque no hay muchos que se atrevan a desplazarse más de dos días a  Kashgar o Altay para informarnos o intervenir, porque allí nadie se viste de naranja y porque no se tiene tiempo de tocar la campana “de la eterna alegría”, cuando no sabes donde están tus seres queridos y cuando el toque de queda es demasiado pronto y si te pillan por la calle, sea del color que sea tu traje… permanecerá por siempre manchado de rojo.

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