Antonia Ceballos Cuadrado, Observatorio Eurasia ::: Todo cambia para que todo siga igual. O al menos ésa es la sensación que le queda al lector que sigue la prensa inglesa para saber qué se cuece en la antigua Unión Soviética.

Sin duda, la noticia más esperanzadora del mes de junio es la reapertura del juicio de Anna Politkovskaya (The Guardian y BBC, 25 de junio). Pero también hay, y muchos, motivos para la desesperanza, como el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU a la renovación de los observadores internacionales en Georgia (The Guardian y BBC, 16 de junio) o las malas relaciones con Ucrania, país clave en el suministro de gas a la Unión Europea (The Guardian, 1 de junio; entre otros). Además, la situación económica de Rusia no es nada halagüeña, con una economía basada exclusivamente en el gas y el petróleo, depende de las fluctuaciones del mercado. The Economist, en su edición del 4 de junio, publicó un excelente reportaje al respecto: “A new sick man”. En él se resumen muchas de las claves que nos permiten entender la realidad rusa; la meramente económica (deuda exterior, inflación, devaluación del rublo) y la política (corrupción, necesidad frustrada de desmantelar el sistema político ruso, pérdida de libertades y destrucción gradual de las instituciones, la lacra de los gobiernos regionales nombrados a dedo por el Kremlin, la burocracia, los sobornos). Además de éste, encontramos otros muchos reportajes que parten de situaciones meramente anecdóticas para analizar datos macroeconómicos. Así, The Independent, publica un reportaje el 1 de junio titulado “Can the Russian doll survive the recession?” que recoge los problemas que está teniendo el sector de las matrioshkas por la caída del número de turistas. Este mismo periódico, el 17 de junio, publica “The end of the road for Russia’s roulette”; un reportaje sobre la ley que obliga a todos los casinos rusos a cerrar a partir del 1 de julio para concentrar el juego en cuatro zonas de Rusia en las que, asegura, aún no han empezado las obras. El periódico plantea que la medida puede ser una más dentro de la campaña anti-Georgia; ya que muchos de estos casinos estarían controlados por la mafia georgiana.

Las noticias sobre el Cáucaso no son nada alentadoras. Muchas son las informaciones acerca del inminente rebrote de la guerra de Georgia. De entre ellas, sin duda, el titular más impactante (además del más sensacionalista) es “Vladimir Putin wants to see Mikheil Saakashvili hanged ‘by the balls’” (The Times, 25 de junio). Amarillismo aparte, el artículo es un magnífico análisis de la situación, en el que encontramos el siguiente párrafo: “La lección que el Kremlin sacó de la guerra fue que la indignación europea y americana era efímera y no estaba acompañada por sanciones serias”. Entre las noticias de interés humano encontramos una titulada “Georgia keeps watch as Russia ban observers and send in troops” (The Times, 25 de junio). El artículo nos presenta pequeños dramas cotidianos: el del policía georgiano que trabaja escondido detrás de un bloque de hormigón viendo como a escasos metros los rusos se emborrachan y se pasan toda la noche disparando al aire; el de la familia cuya casa fue destruida durante la guerra, pero que ha vuelto a vivir entre las ruinas porque no tiene adónde ir; o el del agricultor que no puede sembrar sus campos porque no sabe cuántas minas antipersona hay.

En relación al veto de Rusia a la renovación de observadores internacionales en la zona, The Guardian (17 de junio) publicaba un artículo de opinión de Svante Cornell titulado “Georgia feels Russia’s heavy hands”. El artículo es de una gran dureza y el autor hace afirmaciones contundentes sin ninguna tibieza, no deja margen para la duda: “Moscú invadió”, “provocaciones contra su pequeño vecino con impunidad”, “Rusia se anexionó efectivamente dos provincias de Georgia”, “Moscú provocó el conflicto para obligar a sus vecinos a la sumisión”.

Los niveles de violencia se han hecho insostenibles en el Cáucaso. Ingushetia y Daguestán son hoy más peligrosos que Chechenia. Los yihadistas han formado un movimiento de insurgencia regional que se alimenta del paro, de la insatisfacción y de las políticas represivas del Kremlin. Pese a ello, lo único que hace el gobierno ruso es reforzar a personajes como el presidente checheno Ramzan Kadyrov, con lo que la espiral de violencia parece imparable (“Top Russian Caucasus judge killed” , BBC, 10 de junio; “Ingushetia president survives assassination attempt”, “Trouble in the north Caucasus”, “Q&A: Ingushetia Insurgency”, The Guardian, 22 de junio; “Attack on Russian Regional Leader”, “Ingush attack deals Russia major blow”, BBC, 22 de junio; “Russian regional leader Yunus Bek Yevkurov injured in attack”, The Times, 22 de junio; “President of Ingushetia gravely injured in suicide car bombing”, The Times, 23 de junio). Aunque la violencia islámica no crece sólo en el Cáucaso, repúblicas como Uzbekistán también tienen que convivir con esta realidad creciente: “Fata Fergana“, “Here comes trouble” (The Economist, 11 de junio).

La imagen rusa en los medios ingleses no es, como puede deducirse de lo dicho hasta aquí, muy positiva; especialmente en lo que a su papel en la escena internacional se refiere. La cobertura de las cumbres del BRIC y del SCO en Yekaterinburg ha sido bastante amplia (sobre todo en The Times). De ella se deduce que a Rusia le gustaría jugar un papel en la escena internacional que no le corresponde: su economía ha caído cerca de un 10% en lo que va de año. China es la potencia emergente con peso real, la que le ha quitado el papel protagonista en África y la que le va ganando terreno en Asia Central (“President Medvedev arrives in Egypt for tour to revive relations”, The Times, 24 de junio; “China lends Shanghai group $ 10 bn”, BBC, 16 de junio).

El resto del retrato es lo de siempre: los oligarcas, la persecución a los mismos, los episodios mafiosos o las protestas que no llegan a nada. Y el fútbol, eso que nunca falte: “England fan shot in leg in Kyrgyzstan” (The Independent, 4 de junio).

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